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Las honras regias en los pueblos. El caso de Cabra

07.08.20 - Escrito por: Antonio Moreno Hurtado

No se ha escrito mucho sobre las rogativas y honras públicas reales en España, con ocasión del fallecimiento de personas de la Casa Real. Unas exequias religiosas que iban acompañadas de otras celebraciones litúrgicas, como procesiones, misas, sermones, lutos públicos, cera y túmulo, como componentes indispensables de las honras fúnebres reales.

Quizá habría que comenzar diciendo que las honras fúnebres reales, entre los siglos XVI y XVIII, no fueron igual de espectaculares en todos los lugares, ya sean de realengo o de señorío. No siempre se escribieron extraordinarias relaciones que las recordaran, así como a las llamadas arquitecturas efímeras que, con ser importantes en algunos casos, raras veces se convirtieron en modelos que pudieran revolucionar la tipología del túmulo.

No obstante, son un interesante documento para conocer el arte y la historia de unos hechos que han narrado los historiadores de esta Fiesta barroca singular.
Una Fiesta que muchos cronistas vistieron con un lujo y belleza distintos del recogimiento ordenado.

En las grandes ciudades, para acompañar al aparato iconográfico del túmulo, las instituciones organizadoras convocaban una serie de concursos en los que se invitaba a la composición de poemas que ensalzasen la figura de la persona real difunta. De esta forma, se pretendía acompañar las imágenes de luto con textos alusivos a la vida, virtudes y hazañas de los soberanos fallecidos.

Con la participación de los poetas y cronistas, el poder local buscaba una mayor "celebridad" de las honras y la lamentación de la muerte de las personas reales.

La inspiración de los poetas estaba condicionada por el tono lúgubre de las celebraciones, así como por los temas impuestos por las propias circunstancias del fallecimiento, en su caso, aunque básicamente serían las virtudes, grandezas, vida y muerte de la persona real difunta.

Las virtudes personales ofrecían un rico filón para sus composiciones; la piedad, la devoción, la caridad, la generosidad, el adorno de las virtudes cardinales, fortaleza, justicia, prudencia y templanza, así como los pasajes más reseñables de su vida y de su buena muerte.

En este caso, se trata de una ceremonia que conmemora la muerte de reyes y reinas, recordando a sus súbditos la grandeza y la continuidad dinástica de la monarquía.

Estas relaciones pueden interesar para conocer todo el proceso de la notificación de la muerte, el pésame de la ciudad, la constitución de la comisión encargada de organizar las honras, el reparto de responsabilidades a la hora de recaudar el dinero necesario o de adquirir los materiales, los lugares de los pregones, la diferenciación social latente en los lutos, el sistema de contratación para la construcción de los túmulos, la evolución tipológica de estas arquitecturas efímeras y su complejo simbolismo que transforman por unos días los espacios religiosos... mientras desfilan artistas, canónigos y regidores por sus páginas.

Se trata de un arte efímero con el mensaje simbólico de las exequias reales, unos rituales oficiales y populares, en los que no faltó la polémica entre la ciudad, el clero y el Cabildo a la hora de elegir el predicador para las honras.

Un panegírico o sermón fúnebre, dentro de unas suntuosas exequias, codiciado por predicadores con ganas de promoción.

Recordemos, por ejemplo, la descripción literaria del túmulo que hizo la ciudad de Murcia a la muerte de Felipe II, o las abundantes referencias a túmulos, retablos baldaquinos, catafalcos y cortejos funerarios, como los túmulos de Felipe II y doña Margarita de Austria erigidos en la catedral de Sevilla. Se trataba de escenificar el dolor ante la muerte del rey o de la reina, en el marco de unas celebraciones festivas barrocas.

Un ritual propuesto o simplemente impuesto por el poder. Para el fomento de una ideología política concreta, la consolidación de la monarquía. Las diversas instituciones -civiles y eclesiásticas- que conforman el poder municipal ponen en marcha una serie de mecanismos con el fin de ejecutar las funciones fúnebres que la Corona imponía para asegurar su permanencia y legitimarse en el tiempo durante el Antiguo Régimen. Se trataba de descubrir la trascendencia de las celebraciones públicas como formas de expresión de la "concepción del mundo de la colectividad", de sus actitudes ante la vida y ante la muerte.

No hay duda de que las exequias fueron, como todas las manifestaciones festivas, un vehículo de ideologización y de perpetuación de los valores del Antiguo Régimen. Pero es innegable que también fueron pieza clave en la conformación de un arte efímero, regio y funerario, que, a lo largo de casi tres centurias, iría adoptando las diferentes ideas estéticas y las diversas formas artísticas propias del Renacimiento, del Barroco y de la Ilustración.

Unas celebraciones públicas en las que las autoridades civiles y eclesiásticas pugnaban por sobresalir y hacer llegar su fidelidad y amor hacia la Corona. Una festividad que se solía repetir en el llamado "cabo de año" o primer aniversario de la defunción.

En los lugares de señorío, a otro nivel, los Cabildos locales se veían obligados, también, a manifestar públicamente su dolor por la muerte de sus señores o su alegría por el nacimiento de sus herederos. Citemos, a modo de ejemplo, el luto oficial por la muerte de la duquesa de Sesa, doña Mariana de Rojas y Córdoba, esposa de don Luis Fernández de Córdoba Folch de Cardona. A mediados de abril de 1630 llega al Concejo local la noticia de la grave enfermedad de la duquesa y se acuerda hacer "nueve fiestas" o novenario solemne en la iglesia mayor. Doña Mariana fallece en Madrid el día 23 de mayo y se suspenden en Cabra las representaciones previstas en la Casa de las Comedias, en la calle del Río, por la festividad del Corpus Christi.

El día 7 de junio, desde Madrid, el duque había enviado una carta indicando cómo hacer las honras fúnebres. Se ordena invitar al "Cabildo eclesiástico y a las Religiones" para que se digan todas las misas de cuerpo presente que se pueda. Se hace hincapié en la invitación especial al convento de San Martín de esta Villa, "del que Su Excelencia es patrón y fundador". Las honras fúnebres se celebraron los días 18 y 19 de junio.

El Concejo egabrense organiza todos los actos, que comenzarían en la tarde del martes 18, con un Cabildo extraordinario en las casas capitulares.

Se ordena que los oficiales del Cabildo acudan "con sus capuces y caperuzas redondas... hasta las cabezas". Que, desde allí, "en forma de Cabildo suban a la iglesia mayor... para hallarse presente en las honras que han de hacerse por el clero y religiones". Lo mismo se haría al día siguiente, miércoles por la mañana, para asistir a las "misas cantadas".

Un año después, el día 23 de mayo de 1631, se celebra en Cabra el funeral por el "cabo de año" de la muerte de la duquesa. Según las actas capitulares, el gasto en cera por este motivo fue de 1.644 reales y medio. Una cantidad muy considerable, teniendo en cuenta que el jornal de un obrero sin cualificar, por esos días, era de unos tres reales. Se paga a los cereros Blas del Castillo y Ana de Herrera.

Más adelante, el acta capitular del día 5 de marzo de 1635 recoge una carta del duque, fechada en Madrid el 27 de febrero anterior, en la que se comunicaba la muerte de don Pedro de Córdoba, hermano del duque, Comendador Mayor de Aragón. En ella se ordena hacer las mismas honras dedicadas a la duquesa, mandando "se convide a un predicador para el sermón fúnebre".

Por otra parte, la reina doña Isabel de Francia, primera esposa de Felipe IV, murió en Madrid el día 6 de octubre de 1644, antes de cumplir los 42 años de edad. Muere como resultado del aborto del que iba a ser su décimo hijo. Se casó con el futuro Felipe IV con solo 13 años. Fueron padres, entre otros, del príncipe Baltasar Carlos. Doña Isabel de Francia era hija de Enrique IV de Francia y de su segunda esposa, María de Médicis. Ejerció como Reina Regente de España durante la Guerra de Cataluña en 1640-42 y 1643-44, mientras el rey se encontraba en el campo de batalla.

No se conservan las actas capitulares egabrenses del año 1644, por lo que no queda constancia de los actos celebrados por la muerte de la reina. Sí hemos localizado una escritura de ese año, en la que interviene el pintor encargado de diseñar los escudos reales para el túmulo funerario que mandó construir el Cabildo de Cabra. El día 2 de noviembre de 1644, ante el escribano Juan de la Torre Castroverde, Martín García, pintor, vecino de Cabra, "otorga que ha recibido del Concejo de esta villa, por mano de Bernabé de Lama, su mayordomo, setenta reales en que se conzertó la pintura de los escudos del túmulo que se hizo para las honras que hizo esta Villa por la Reyna Nuestra Señora. Que es la cantidad en que se conzertó con los diputados para ello nombrados. De que se dio por contento, pagado y entregado a su voluntad y renunció la ezepción del engaño y leyes de la entrega y de la pecunia paga y prueba como en ellas se contiene y de la cantidad. E otorgó carta de pago en bastante forma de derecho. Y a así lo otorgó y firmó de su nombre. Siendo presentes por testigos, don Juan de Paz Lorite y don Pedro de Arjona y Antonio de Villatoro, vecinos de esta dicha villa de Cabra".

Volviendo a la Casa de Cabra, a comienzos del año 1659 se reciben noticias de la grave enfermedad que sufre don Antonio Fernández de Córdoba, duque de Sesa, por lo que el Cabido egabrense ordena se haga una función en la iglesia mayor y se celebre un novenario en la ermita de la Virgen de la Sierra pidiendo por su salud. El duque muere en Madrid el día 24 de enero, a las nueve y media de la mañana. Se acuerda por el Cabildo egabrense celebrar las honras fúnebres al duque difunto. Que "se pregone la muerte y que los vecinos que puedan se pongan lutos."

Años más adelante, en el Cabildo del día 12 de octubre de 1665 llega la noticia del fallecimiento del rey Felipe IV. Se ordena que "todas las personas se pongan lutos, pena de cien ducados... y que las mujeres que no tuvieren para luto entero se pongan tocas negras". Se acuerda que "los capitulares se pongan lutos enteros los nueve días continuos desde la publicación del bando de la muerte de Su Majestad", que sería el día 14. Se nombran diputados para organizar los actos y se acuerda pedir dinero prestado para el gasto que se haría por las honras del difunto rey.

Los datos de los gastos se presentan al Cabildo del día 10 de enero de 1666 por los diputados don Sebastián y don Jerónimo de Quesada, regidores.

Dice así:
"Gasto de las onras que se hizieron a la muerte de Su Magestad Catolica del rei Felipe Quarto Nro. Sr. en 22 de noviembre de 1665. 1.708 reales.
Un túmulo, de madera y obra, con una media naranja de madera y barandilla.
Siete días tardaron en hacerlo los albañiles y carpinteros.
33 libras de cera, en 130 velas y 52 hachas, a 11 reales la libra.
Derechos de misa 25 reales.
Predicador 100 reales.
Música y ministriles 80 reales
De los lutos, a los sastres 30 reales.
Dos lienzos con las armas reales y la muerte, 4 ducados"

Muy reconocido fue el panegírico pronunciado en Granada, los días 26 y 27 de marzo de 1666, por el jesuita Pedro de Montenegro a la muerte del rey Felipe IV.

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