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Y sobre una mezquita se alzó esta iglesia. Entonces era una edificación aislada, después -adosada a ella y a través de los siglos- fueron surgiendo otros edificios. Aquella iglesia, tenía las mismas trazas que actualmente conserva excepción hecha del presbiterio -tal como hoy se presenta- y de sus bóvedas, de cinco naves y sostenidas por cuarenta y dos columnas de mármol rojo de la Sierra de Cabra.

La edificación del campanario o torre comenzaba en 1560 por el maestro Durango. La capilla mayor, en la cabecera de la nave central del actual presbiterio, se trazaba en 1563 por Hernán Ruiz II pero la obra fue problemática durante un largo siglo habiendo de pasar críticamente por Hernán Ruiz III, José Granados de la Barrera, Melchor de Aguirre y Baltasar Pérez Capote.

Por una descripción anónima del templo parroquial correspondiente a 1590, se sabe que la iglesia tenía tres puertas ubicadas donde actualmente se encuentran las de hoy, el pavimento de ladrillo, los techos bajos y labrados en madera, el sagrario haciendo cabecera en la segunda nave de la derecha y en el lugar que hoy ocupa el altar del Apóstol Santiago mirando hacia el coro bajo. Vega Murillo, también hizo una descripción en 1668 que coincide con la actual así como de seis capillas, cinco a poniente y la última al sur que, lamentablemente, desaparecerían como después se apuntará.

En 1674 se derribaron las paredes colaterales de la capilla mayor, ampliándose el presbiterio a la superficie que actualmente tiene, si bien, dos peldaños más altos. Se hizo su cúpula ovoidal con adornos de yesería y escudos en sus pechinas, se construyeron los tres arcos torales y estucos de las bóvedas, así como, las cabeceras correspondientes a la segunda, tercera y cuarta naves dentro del presbiterio, pavimentándose ésta de mármol rojo y negro -hoy desaparecido- y de mármol rojo y piedra sipia blanca la solería, correspondiente a la superficie de las cinco naves de la iglesia. Poco tiempo después, en 1680, tuvo lugar un terremoto que afectó gravemente a la estructura de la hoy Parroquia de la Asunción y Ángeles siendo necesario la reedificación de su campanario o torre, la sacristía alta y los altares colaterales del Apóstol Santiago y de Santa Catalina.

En 1724 se procedió a la construcción de la fuente de mármol rojo y mesa octogonal, de la misma materia, ubicada actualmente en la sacristía baja, así como, de las 16 bolas de jaspe encarnado para los balcones del doble cuerpo del campanario o torre por Alonso de Orgaz. En 1742, ya se habían labrado los dos pulpitillos para la lectura de la Epístola y del Evangelio, las verjas del presbiterio con tres puertas cinceladas en hierro y la baranda de las escalerillas del púlpito en la nave central -hoy desaparecido- por Salvador Carrasco, Juan Martín de la O y José de Córdoba. Al año siguiente, Juan Antonio del Pino labraba la actual portada de la puerta principal del templo trasladándose, a la llamada puerta de Capuchinos, las piedras deterioradas de aquella. Mientras tanto, el obispo Cebrián, ordenaba hermosear los techos de las naves con nuevas bóvedas que han llegado hasta nuestros días otorgando el correspondiente permiso de obras de embovedamiento de las cinco naves al maestro Benito Jiménez.

Entre 1748 y 1752, se rehicieron de nuevo las hileras y pares de la techumbre y el tejado, se repusieron doce columnas de jaspe y la baranda de hierro en la tribuna del coro bajo. El culto, durante estos años, se trasladó a la ermita de San Juan Bautista en el Barrio del Cerro. El 24 de Septiembre de 1752 se inauguraba la iglesia pagándose al maestro cohetero Felipe Díaz la cantidad de 60 reales de vellón por los cohetes y rueda de artificio pirotécnico.

Después vendría la confección del órgano que llega hasta nuestros días por los maestros José y Patricio Furriel en 1758, los canceles de las dos puertas principales por Nicolás de Guiberri (1774) o la sillería del coro bajo por Francisco Javier de Pedrajas en 1785. Ya no habría una tercera gran obra en esta iglesia llamada acertadamente mezquita del barroco. Sólo obras de mantenimiento y poco más. Las políticas desamortizadoras, el creciente anticlericalismo y una feligresía paupérrima diezmarían al cuerpo principal y edificaciones anexas.

La situación era grave pero más aun cuando en 1951 tuvo lugar un nuevo terremoto que afectó a varios edificios, abriéndose en sus muros y techumbres pronunciadas grietas y, en el campanario o torre, el desprendimiento de dos voluminosas bolas de su cornisa. Décadas atrás, se había puesto fin a una vieja cuestión urbanística con el derribo de las antiguas audiencias y la torre del reloj (1922-1924) que cerraba el lado de la Plaza Vieja lindero con el Barrio de la Villa. La estructura básica con que ha llegado a nuestros días la Plaza Vieja, empezaba a configurarse pero también a lesionarse terrenos, cimentaciones, contenciones, saneamientos y estructuras que propiciarían a medio y largo plazo la existencia de socavamientos, grietas, fisuras y humedades.

Fue en la festividad de la Inmaculada de 1968 cuando un joven párroco daba la voz de alarma sobre el inminente derrumbamiento de la parroquia matriz de Cabra. Desde hacía algunos años y, en la trasera de acceso a la puerta del semanero, se había detectado el hundimiento y deslizamiento de uno de sus muros. La gravedad era tal que el arquitecto diocesano sólo tuvo a bien sentenciar: “de seguir avanzando el peligro, por la singular estructura de la edificación, columnas y arcos pudieran derrumbarse como castillo de naipes”.

Se promovió entonces expediente de ruina para proceder al derribo de la parte afectada pero el importe del mismo era tan desorbitado como la propia obra destructora del tiempo. Si atrás quedaba una pequeña intervención en la ermita de Santa Ana -hoy Parroquia de Nuestra Señora de los Remedios- y la no menos importante en la iglesia conventual de Santo Domingo de Guzmán, ambas sufragadas por suscripción popular, ahora, ese joven párroco tenía la obligación de emplazar nuevamente a los egabrenses: “aún cuando las esperanzas no están perdidas, como quiera que las soluciones no vienen de arriba tan prontamente como fuera nuestra ilusión, el problema ha llegado a tomar tal magnitud que reclama imperiosamente nuestra atención. En una palabra, tenemos que empezar nosotros dando soluciones con nuestros propios medios”.
En pocos días se rebasó la cantidad de cien mil pesetas y el alcalde de Cabra, Manuel López Peña, puso a disposición del arquitecto diocesano personal suficiente para proceder a unos derribos que hicieron posible que se abriera una calle que ponía en comunicación, por vez primera, la plaza de los Condes de Cabra con la calle Mayor pasando por detrás de la Parroquia. El nuevo espacio -después de la desaparición de las viejas edificaciones anexas al templo parroquial- se urbanizaría con jardines, viviendas y casa parroquial. La tercera gran obra estaba en marcha.

Las gestiones de José Solís Ruiz, aceleraron el proceso. A Cabra se desplazaron los arquitectos de la por entonces denominada “Sección de Ciudades de Interés Turístico” que redactaron un nuevo proyecto para que la obra respondiera a las exigencias de dignidad, tradición y estética que la parroquia decana egabrense requería. El presupuesto -superior al del primer proyecto en atención a los cerca de diez millones de pesetas del mismo- se programó para tres años (1970-1972) a expensas de la Dirección General de Arquitectura y bajo la dirección de los arquitectos Francisco Pons Soroya y Víctor Caballero Ungría que si tuvieron a bien proyectar el rebajamiento del presbiterio antiguo a un solo peldaño, la pavimentación de toda la iglesia, la adaptación de la nueva mesa de altar a la liturgia conciliar -despareciendo así la antigua baranda-, la consolidación de cimentaciones, enzunchados del edificio y campanario, etc., no lo fue tanto para la demolición -lamentable- de las capillas de poniente fragmentando así la armonía visual del interior y, quién sabe, alguna que otra cosa más.

El 2 de marzo de 1973 se inauguraba la iglesia. Monseñor Cirarda comenzaba entonces su homilía: “si miramos hacia atrás, brota enseguida en nosotros un himno de acción de gracias. En primer lugar, al Señor, ya que un día los egabrenses temieron que este templo se derrumbara y quedara convertido en ruina. ¡Bendito sea el Señor que nos da la alegría de verlo restaurado!. Lo vemos tan bello o casi más bello que como saliera de las manos de los primeros artistas. En segundo lugar a todos cuanto han hecho posible la realidad de esta magnífica restauración. ¡Cuántas voluntades han tenido que conjuntarse!”.

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