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Y por la tarde, con el buen sabor de la procesión de la Piedad, la Archicofradía de Jesús Preso abría el cortejo de un Jueves Santo netamente egabrense, donde los judíos, los añafiles y la tradición cofrade de nuestra ciudad volvían a llenar de multitudes las calles al paso del Señor de la Humildad y Prisión. Las filas de capuchones de unas y otras cofradías, se daban la mano con una de las estampas más populares de esta jornada, como es el misterio de la Columna, tras la que el paso de palio de la Caridad ofrecía una majestuosa y elegante manera de andar. Y tras esa explosión de cofradía populosa y renovada, con los sones de la Banda de Música de Cabra y de algunas de las más clásicas marchas del Maestro Rodríguez, aparecía la impronta añeja de la Archicofradía de la Vera Cruz, en la que la Virgen de los Remedios ofrecía una puesta en escena solemne y especialmente bella, acompañada de música de capilla y con una exquisita manera de cerrar las procesiones de la tarde. Contraste de algarabía y música, de luz y belleza, de tradición y renovación, de sobriedad y exquisito patrimonio cofrade, de saeta y añafil, al tiempo que de esencia semanasantera egabrense.
Ya en la madrugada, el Cristo del Socorro, llenó de nuevo Cabra de silencio y oración, de via crucis y cadenas. Solo casi al final de su estación de penitencia, la lluvia aparecía sin menoscabar una intensa jornada que no termina sino que empieza de nuevo apenas la madrugada vuelva a convocar en Santo Domingo para ver al Señor Paciente y Humilde.
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