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Hay determinadas melodías que habitan en la memoria sonora de muchas generaciones y se erigen como parte del carisma musical de la Cuaresma egabrense. Una de ellas cumple este año el 75 aniversario de su nacimiento y dedicada a la Dolorosa de la Soledad, la imagen irrepetible y de sin igual belleza, donde la calma se precipita con el dolor, la resignación con la pena, la hermosura con el drama. Se trata de la plegaria "No llores ... Madre", que precisamente era interpretada el pasado domingo 22 de marzo en el Teatro El Jardinito en el transcurso del fantástico y entrañable pregón de la Semana Santa de Cabra pronunciado por Mª Ángeles Rebolledo Cuevas, en la portensosa voz de la soprano María José Villatoro, con su hermana Loles Villatoro al piano.
La composición fue firmada en febrero de 1951 por el Maestro José Rodríguez López. A tan solo un año de cumplir una década al frente de la dirección artística del Centro Filarmónico Egabrense, en lo que podemos definir como sus inicios compositivos, el maestro registró sobre el pentagrama una de sus mejores obras. Se valió de sus altas e innatas capacidades artísticas, así como de su profunda fe, para inmortalizar una página musical verdaderamente escalofriante.
Inicialmente la plegaria fue escrita para orquesta y voz sola, siendo posteriormente, a los diez años, arreglada para orquesta, voz y órgano, facilitando así, al incorporar este instrumento, que se pudiera interpretar en cultos y otros actos religiosos sin que la participación de la orquesta tuviera que ser imprescindible. La música de esta plegaria constituye una profunda seña de identidad de la incomparable Virgen de la Soledad. Probablemente, estemos ante la música de las escritas que mejor describa todo lo que significa la imagen, desde las emociones y sentimientos que suscita, hasta el mensaje que encierra en toda una confesión íntima y sincera hacia la Madre de Dios, llena de recursos y metáforas, con giros líricos muy logrados.
Aquí la música se entrega a la belleza por el camino del dolor. El Maestro Rodríguez hilvana una espléndida melodía, reconocible para siempre por todo devoto y egabrense, que se ensarta en ese pozo de lágrimas donde se cristaliza su pena de soledad, donde se refleja su pureza virginal. El autor se entrega al destino al que estaba predestinado: inmortalizar una de las grandes joyas de nuestra Semana Santa, en una delicada y mayúscula pieza musical. Y lo hace poniendo también la letra, para consolidar la obra en su conjunto como un perfecto espejo del sentir religioso y piadoso del autor ante el rostro transido de la Madre al pie de la Cruz. En esta plegaria el maestro no solo se revela como un gran compositor, sino igualmente como un poeta inspirado, que desde su sencillez era capaz de conmover.
Comienza la obra con un sosegado canto, plácido, pausado. La letra se desgrana progresivamente sobre una sencilla melodía con acompañamiento básico, que cruza el umbral de la escritura, traspasa el aire y llega al corazón de quien lo escucha. Hay punzadas en el mensaje de la plegaria, que sobrevuelan en unas notas finas y dulces: "Pálida y triste está María / en la montaña junto a la cruz / porque los hombres malos y fieros / muerte le dieron a su Jesús".
La atmósfera que dibuja el maestro es dramática y patética, sobre la tonalidad menor en una armonía sencilla y muy clara. La gravedad y el dolor rezuman desde la primera nota. A mitad de la obra, irrumpe el ritmo, en un arrebato cercano al desgarro de esa soledad que no resiste en pie y parece doblar sus rodillas ante la cruz. Es cuando el canto alcanza su cénit, se eleva en la escala. Y será un "acelerando" el que enfatice la obstinación de la cantante por elevar su plegaria a la Virgen: "Por sus mejillas dos perlas caen / como dos gotas de blanco mar / ¡No llores Madre! / yo te acompaño / en tu amargura y soledad".
Un ritardando hace caer las letras por cada nota, con una resonancia dramática para culminar la plegaria de una forma perfecta. Hay una voluntad de todo el pueblo cuando el Sábado Santo transita por las calles: ¡No llores Madre!. Ése es el nudo, el núcleo de la obra, que el autor lo asigna a la voz como si ésta, en cada interpretación, se dirigiera a la imagen para transmitirle el dolor que siente al ver su dolor. Una petición, una súplica, a la que le sigue una manifestación de inquebrantable unión a lo divino, cuando se subraya que no se le abandonará. Porque la Soledad es la eterna paradoja de su palabra. La ausencia está sólo en siete palabras; a Ella la arropa todo un pueblo. Y el maestro quiso que la voz de una soprano, cada vez que desgrane esta honda letra y música de su inspiración, sea la que recoja la súplica del pueblo para ofrendársela a la Reina de la Soledad.
Quizás, junto con "Amorosa Madre", se trate de sus dos obras musicales religiosas de más calidad y nivel artístico. En ambas, desarrolla una proclamación mariana de gran calado y funde la música con el sentir popular al que tanto estuvo ligado el maestro durante toda su vida. La plegaria se ha interpretado en infinidad de ocasiones por el coro del Centro Filarmónico, ha exornado tradicionalmente el septenario de la Soledad, se interpretó en algunos pregones de nuestra Semana Santa como el de 1964 a cargo de Montero Galvache, con la voz de la recordada soprano Carmelita Moreno; y ha sido grabada en varias ocasiones, como en el disco publicado por el Centro Filarmónico en 2002 titulado "Canciones populares".
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