|
|
Servir o servirse
05.09.26 - Escrito por: Manuel Chacón Chacón
Vivimos un tiempo extraño. Un tiempo en el que todo parece procesado, fiscalizado, expuesto y manipulado por lo artificial. Y en ese ruido, lo auténtico se va apagando. La verdad declina. Y con ella, una sociedad cada vez más cómoda, sin ilusión y sin compromiso.
Atrás quedó el don de la palabra. Aquel en el que empeñábamos nuestro nombre como si lo firmáramos ante notario. Compromiso, fe, ilusión. Valores hoy en peligro de extinción en una sociedad de escaparate, donde casi todo se hace por lucimiento personal, por ese instante fugaz que regala la ventana de las redes sociales.
A veces nos enredamos en oscuras artes para conseguir lo que queremos, olvidando lo esencial: que hay un Dios que todo lo ve. ¿Acaso no ve el daño que se hace? ¿Cómo se puede aspirar a representar a un colectivo cristiano, y estar representándolo, desafiando a Dios y a su Santísima Madre con engaños, falsedades, manipulaciones y corrupciones, pretendiendo que aquí no ha pasado nada?
El fariseísmo ha anidado en nuestras hermandades y cofradías. Frente a los muchos hermanos y hermanas que trabajan por sus cofradías desde su vocación y pertenencia cofrade, hay algunos que, como parásitos, se "meten" en las cofradías. Que necesitan de ellas para ser alguien, incluso para vivir de ellas, a costa del esfuerzo común y silencioso de la mayoría de los hermanos. Y son los mismos que se permiten criticar a quien cobra honradamente por su trabajo, mientras ellos viven de la hermandad a la que dicen servir, utilizándola como trampolín para sus objetivos y alimento para su ego.
Por suerte, aún quedan personas cuya honestidad es a prueba de bombas. Cuesta, cada vez cuesta más, que den el paso y se comprometan en una Junta de Gobierno, pero las hay. Porque seamos sinceros: esta sociedad adolece de falta de compromiso. Lo vemos cada día. Nos cansamos pronto, dejamos las cosas a medias, no nos importa dejar tirado al compañero, solo miramos por nosotros mismos sin medir el daño que causamos a nuestra corporación.
Miremos atrás. Conservemos el legado que nos entregaron. Mejorémoslo. No nos dejemos llevar por el ego. Seamos conscientes de nuestras limitaciones. No nos creamos mejores que nadie. Aprendamos cada día, para que la monotonía y la mediocridad no nos invadan. Y, sobre todo, no olvidemos nunca que aquello que representamos no es nuestro. Estamos de paso.
Nosotros proponemos y Dios dispone.
|
|
|
|
|
|