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En las salinas del aliento

02.04.16 - Escrito por: José Manuel Valle Porras

Decía Borges que, en el discurrir de su vida y de sus lecturas, había descubierto que la belleza es un fenómeno común, capaz de aflorar en múltiples ocasiones. Versos hermosos y páginas memorables no son exclusiva de autores de renombre. No es imprescindible acudir a las vacas sagradas de la literatura para gozar de bellas metáforas y felices hallazgos. Antes al contrario, son numerosas las obras de escritores poco conocidos que, no obstante, rebosan mérito, ingenio y encanto. Es el caso de una pequeña joya titulada Las salinas del aliento. De ella quiero hablarles.

Manuel GUERRERO CABRERA: Las salinas del aliento, Cuadernos del Laberinto, Madrid, 2015.

Manuel Guerrero Cabrera, autor de este libro, nació en la cordobesa población de Lucena y ejerce hoy de profesor de lengua española en la vecina ciudad de Cabra, lugar donde también encontró el amor de su vida: el de pareja, el de padre. Su temprana entrega a la literatura, junto con su capacidad de trabajo, ha dado como resultado una poliédrica labor creativa, de la que en parte he sido testigo durante estos años. Una de las más admirables manifestaciones de su vocación ha sido la perseverante, hábil y eficaz gestión de la revista Saigón y de la asociación cultural Naufragio, que ha llevado a ambas entidades a crecer y a convertirse en referentes regionales.

Pero nos interesa aquí acercarnos a esa faceta más íntima y a la vez accesible del autor. Me refiero a su carácter mismo de escritor, que ha desarrollado en dos ámbitos: el de poeta y el de estudioso de la literatura. El segundo de ellos ha fructificado en varias publicaciones, destacando las recogidas en sus libros Estudios críticos de Literatura del Siglo de Oro (2008) y Tango. Bailando con la literatura (2009). Los temas de ambos nos dan pistas sobre dos de sus intereses y referencias literarias principales, que reaparecen después en sus propias composiciones: la poesía clásica española y las letras de los tangos argentinos.

Sin embargo, más allá de su labor al frente de una revista cultural o de sus publicaciones sobre literatura, la gran llamada que siempre ha seguido Manuel Guerrero ha sido la de creador en el sentido más estricto, la de escritor y, en particular, la de poeta. Resultado de ello son multitud de poemas. Parte de ellos permanecerán inéditos, como aquellos experimentales, recogidos bajo el título común de Seulstricio, que el autor me mostró hace algo más de diez años. Otros muchos han sido publicados en diversas revistas andaluzas, pero, sobre todo, en sus poemarios El desnudo y la tormenta (2009), Loco afán (2011) y El fuego que no se extingue (2013). En ellos descubrimos a un escritor que, dotado de sólidos conocimientos, talento y sensibilidad, ha avanzado en su dominio de la técnica y del arte de hacer versos. Ello me parece especialmente destacado en algunos de sus poemas pasionales ?en realidad, es el amor de pareja el gran tema de sus composiciones durante esos años?, o en aquellos en los que engarza con admirable destreza la referencia literaria con la vivencia personal. De hecho, este último es, en mi opinión, uno de los rasgos más distintivos y destacables de su estilo.

Y así llegamos a Las salinas del aliento (2015), donde, según el humilde criterio de quien esto escribe, Manuel Guerrero atesora mayor abundancia de composiciones e imágenes sublimes. Se trata de un libro en el que, a un tiempo, reencontramos las constantes de este autor e importantes innovaciones. Entre sus fuentes de inspiración figuran, como en anteriores publicaciones suyas, la literatura clásica española, con referencias a La Celestina, Juan Ramón Jiménez y especialmente a Cernuda; los tangos de Manzi y Discépolo; la música pop de Radio Futura; las series de televisión que el autor veía en su infancia, como David el Gnomo, Campeones, Caballeros del Zodiaco o Bola de Dragón; o las tecnologías de la información, tal Twitter, que es mencionado en dos de sus poemas.

Desde un punto de vista formal, encontramos la diversidad acostumbrada en el autor, pues, aunque los poemas más habituales son aquellos dotados de libertad respecto a métrica y rima, ello se compagina con el molde clásico del soneto, con el más fresco del haiku o, incluso, con la prosa poética.

La gran novedad la representa el tema principal, que en realidad son dos. Si en sus anteriores poemarios el amor de hombre era la materia fundamental, en este encontramos cierto tríptico difuso, en el cual el amante ocupa el capítulo central, pero el primero y último son para el padre. Porque Manuel Guerrero ha sido padre. La aparición de Malena da sentido a este poemario. Aparecen así hermosos poemas en los que el autor habla a su hija, en los que el mundo parece reducirse a sólo ellos dos, de ahí la presencia del «Nosotros», o a los «tiempos aliviados / que encontraremos juntos, / únicamente juntos». En uno de los muchos poemas felices de este libro, Manuel observa a su bebé y medita: «Tan poca vida tienes / y tan sólo soñamos lo vivido, / ¿con qué estarás soñando?».

La paternidad se manifiesta en su cara más genuina, la preocupación, y el autor le confiesa a su hija, nada más iniciarse el libro: «Desde que existes temo que te duela / la herida de la vida»; y, más adelante, en un revelador poema, afirma, con Discépolo, no saber más quién es, pues se ha transformado en alguien a quien aflige la contingencia del devenir, por lo cual: «me va matando / preocuparme / por un futuro». Asimismo, en su poema «Pavor» ?otro envidiable ejemplo de fusión de referencias literarias con su experiencia personal? dice sorprenderse de que él, que ha pasado por terribles y angustiosas situaciones cuando era el protagonista de sus diversas lecturas, sienta ahora «miedo hasta el pánico» por «lo que sufra el pequeño / latido de tu pecho».

La preocupación adquiere en esta ocasión un motivo adicional. «Dicen que mi hija no podrá bailar tango», nos informa Manuel en uno de los poemas iniciales, el mismo que culmina sentencioso: «Es el aliento del mal de la esperanza». Pero un padre no se resigna y, al final del libro, en el enternecedor «Espina bífida», leemos la descripción de los movimientos, los gestos o la mirada de su bebé, que le llevan a una conclusión positiva: «Todo esto es esperanza».

Junto a su novedosa y dolorosa paternidad, el amor por su pareja es, nuevamente, el fondo de multitud de poemas. Dentro de ellos destacan, por su número y calidad estética, aquellos dedicados a la pasión, asunto este ya usual en sus composiciones. Aprecio en especial algunos de ellos, como el titulado «De la semilla negra», del cual no me resisto a copiar sus dos últimas estrofas:

Porque escribo de noche en tu silueta
y termino el poema con el alba.

Porque de tanto pronunciar tu nombre,
existes como mágica palabra
que no haya dicho nadie antes de ahora,
y por la que te creo carne y hueso
cada vez que a tu oído lo susurro
y te ríes conmigo.

Magnífico poema de amante es también «En océanos a la redonda», donde las imágenes de la infinitud del mar y la incontenible fuerza de su oleaje se funden con las impresiones de lejanía de lo cotidiano y desatada visceralidad propias del encuentro amoroso.

Aunque presente en un número harto menor de poesías, la muerte o, si queremos, lo limitado de la existencia, es otro asunto presente en este libro. Muy significativamente, surge de la mano de los dos anteriores: bien del amor a la mujer, bien a la hija. El poeta afirma que yacer junto a la amada le alivia «la espera de que expiren mis días». Pero también leemos, en un soberbio poema, cómo le pide a Malena que lo guarde en sus ojos, «hasta que me disuelva en la sal del recuerdo». El amor como terapia frente a la certeza del tiempo, y el deseo de conservarse en la memoria de los hijos: no son ideas inéditas, sino eternos del ser humano, que merece la pena revisitar en la nueva modulación que ejecuta Manuel Guerrero.

«¡Que sigamos compartiendo versos!». Esto escribió el autor en el ejemplar de su libro que me dedicó, hace pocos meses. Y yo me siento dichoso de haber podido compartir sus versos, porque, como buen poeta, Manuel Guerrero cumple su misión de recrear el sentido de las cosas, de inventar una vez más lo ya inventado, de explicarlo, nombrarlo y descubrir con palabras lo que sólo con ellas podemos llegar a sentir y poseer. Por eso les animo a compartir también sus versos, en los que, en una vuelta de tuerca más, lo clásico se funde con lo reciente, y la tradición con las experiencias de nuestro tiempo. En ellos reconocerán la belleza, fenómeno común, como descubrió Borges, pero no siempre fácil de hallar.

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