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FRAY DIEGO DE CADIZ.

UN ARTÍCULO DE JOSÉ PEÑA GONZÁLEZ - Escrito por: José Peña González

Recogemos en nuestra sección especiales el texto de la ponencia que nuestro redactor, el Dr. Peña González, presentó en el Curso de Franciscanismo en Andalucía, celebrado hace pocas fechas en la vecina localidad de Priego. En esta ocasión se refiere al Beato Fray Diego José de Cádiz, muy relacionado con nuestra ciudad, que visitó en varias ocasiones predicando y alojándose en el ex-convento capuchino, hoy Colegio de Escolapias. Entre otras obras se le atribuyen varios textos relacionados con Ntra. Sra. de la Sierra, como la Novena y algunas composiciones de la misma.

FRAY DIEGO DE CADIZ.
Sumario: Introducción. Datos biográficos. Análisis de su obra. Conclusiones.

INTRODUCCION
La figura de este fraile capuchino adquiere en estas fechas del bicentenario un plus de importancia, por la influencia que su obra ejerció tanto en la guerra de la Independencia propiamente dicha como en la elaboración de la Constitución de Cádiz.
Su vida transcurre en la segunda mitad el siglo XVIII, desde su nacimiento en Cádiz el año 1743 hasta su muerte en Ronda el 1801.En sus cuarenta y ocho años de vida elaboró una doctrina que expuso en varios libros de índole religiosa entre los que destacan sus “Sermones y discursos” y muy especialmente en su obra mas conocida e influyente: “El soldado católico en la guerra de religión”.
A su faceta de escritor hay que añadir su condición de orador sagrado por la que alcanzaría justo renombre. Es famosa su catilinaria contra Lorenzo Normante el año 1786 atacando a la Sociedad Aragonesa de Amigos del País por lo que en su opinión era un menosprecio de la vida monástica.
Estamos pues ante un clérigo fogoso y combativo que pone toda su inteligencia como escritor y su brillante oratoria al servicio de una causa que entiende sagrada: la lucha contra el francés y las perversas ideas que ha introducido en España a veces con la colaboración de los propios españoles. De ahí que en su ataque no distinga entre los hijos de la Revolución y el espíritu disolvente que ha triunfado en Francia, y los seguidores españoles que no tienen reparo en divulgar estas nuevas doctrinas en nuestra patria.
Para Abellán, Fray Diego es “un hombre clave” en la serie de pensadores que se atrincheran para combatir el enciclopedismo y la Ilustración. El capuchino gaditano corona y remata la obra iniciada por Fray Fernando de Zeballos , Antonio José Rodríguez y Vicente Fernández Valcarce . A los tres, aunque en un tono menor, le suceden figuras como Antonio Javier Pérez y López y Antonio Vilá y Camps . Puede añadirse a la lista de esta tradición reaccionaria en la cultura española la obra de Clemente Peñalosa y Zúñiga y la de Joaquín Lorenzo Villanueva. Sobre todos ellos destaca la obra de Fray Diego de Cádiz que pasamos a comentar, y cuya importancia ha sido destacada tanto por Abellán cuya crítica hemos seguido, como por Javier Herrero

DATOS BIOGRAFICOS.
Para conocer mejor la obra de Fray Diego parece oportuno incluir algunos rasgos biográficos. El beato Diego José de Cádiz, como es más conocido, había nacido en esta ciudad el 30 de marzo de 1743 en el seno de una acomodada familia de la oligarquía local. Su nombre de pila era José Francisco López-Caamaño y García Pérez. Tuvo una infancia marcada por la muerte de su madre cuando solo contaba 9 años. Ingresa a esta edad en el Noviciado de los Hermanos Menores Capuchinos de Sevilla donde hace los votos el 31 de marzo de 1759, con apenas diecinueve años de edad. A partir de este momento adopta el nombre de Fray Diego de Cádiz con el que será conocido hasta que en el año 1894 sea beatificado por el Papa León XIII. A partir de entonces será el Beato Diego José de Cádiz. Inmediatamente que toma el hábito capuchino se dedica al estudio de la filosofía y la teología durante siete años. El año 1766 es ordenado sacerdote en la ciudad de Carmona.
Muy bien dotado para la oratoria, inicia en 1771 las llamadas Misiones Populares. Recorre las más importantes poblaciones andaluzas predicando la fe cristiana y mas tarde cuando su fama se extiende por España amplia su campo de acción a toda la península, llegando a pronunciar más de tres mil sermones. Ello justifica el nombre de Apóstol de España con que es conocido. El año 1786 es acusado de difamar a la Corona atacando el regalismo de Carlos III, abriéndose un proceso por el que se destierra a Casares. La causa fue sobreseída y el fraile absuelto. La última etapa de su vida la dedica íntegramente a combatir las tesis de la Revolución francesa, recomendando al pueblo español persevere en su fe frente a las impías doctrinas provenientes de allende los Pirineos. Su oratoria a un tiempo inflamada y de estructura sencilla era de unos efectos demoledores, especialmente en los ambientes populares. Menéndez Pelayo lo considera la figura más importante de la oratoria sagrada española de todos los tiempos, después de S. Vicente Ferrer y San Juan de la Cruz. Oratoria brillante y combativa y al mismo tiempo una gran producción escrita que hacen de él uno e los autores mas prolíficos de su tiempo. La muerte le sobreviene en Ronda el 24 de marzo de 1801, a los 58 años de edad, victima del llamado vomito negro. El año 1894 fue beatificado por S.S. León XIII, tras un proceso que duró de 1825 a 1858.
Desde muy pronto gozó de gran estima entre la población que asistía a sus sermones y solía memorizarlos. Se le tenía por hombre extraordinario de reconocida santidad. Hay varios datos que lo acreditan, adjudicándosele incluso hechos milagrosos tanto en vida como desde el momento de su muerte.
Su importancia como ariete de la lucha intelectual contra las nuevas doctrina fue inmensa. Su reconocimiento público en los sectores más reaccionarios del país, total. La Universidad de Salamanca acuerda el 23 de febrero de 1794 concederle todos los grados en atención a “su heroica virtud y sabiduría, y gran fondo de erudición sagrada y profana”. Llama la atención que el siglo de la Ilustración las ordenes religiosas alcanzaran tan extraordinaria influencia. Como ha señalado Francois López contaban con los mejores oradores de su época. El Padre Calatayud entre los jesuitas y Fray Diego de Cádiz entre los capuchinos son los nombres más señeros de la oratoria de su tiempo, “lengua de fuego” le llama Eduardo Paradas y eran capaces de arrastrar las masas atraídas por su predicación. Se cuenta que Fray Diego de Cádiz cuando se presenta en Zaragoza para predicar las dominicas de Adviento de 1786, hace una suplica al Altísimo para que acabe la terrible sequía que sufría la región desde varios meses antes. La suplica es atendida y cae una lluvia torrencial que se atribuye a la intersección del capuchino. Es aclamado por la multitud entusiasmada y tiene que predicar en la plaza del Pilar al no caber la gente en el templo.
Como ha señalado Maria Victoria López Cordón los predicadores de la estirpe de Fray Diego de Cádiz se encargaron de excitar el ambiente en contra de la introducción de la nueva ciencia que consideraban un serio peligro para la fe cristiana.
Su obra “El soldado católico en la guerra de religión” editada por primera vez en Barcelona el año 1794 esta impregnada de carácter bélico. Su redacción tuvo lugar durante la guerra contra la Convención Francesa entre 1793 y 1795. Se ha señalado que ese carácter bélico es lo que da a esta obra su gran sentido de oportunidad como respaldo de los intereses que los sectores mas integristas iban a defender durante la Guerra de la Independencia. Ello explica las múltiples reediciones que se hicieron de la misma durante la invasión francesa.
El libro lleva un subtitulo muy significativo y esclarecedor: “Carta instructiva-ascético-política, en que se propone a un soldado católico la necesidad de prepararse, el modo con que lo ha de hacer, y con que debe manejarse en la actual guerra contra el impío partido de la infiel, sediciosa y regicida Asamblea de la Francia”. Abellán ve en este libro uno de los argumentos fundamentales para la configuración del llamado problema de las dos Españas “que en él deja de ser una cuestión teórica para convertirse en un elemento de lucha política y militar”. Y añade : “Podemos decir que Fray Diego participó en la guerra franco española ( 1793-1795), utilizando su libro como arma de combate , y se es el sentido que le darán sus continuadores durante los años de 1808 a 1814”. Javier Herrero en su obra “Los orígenes del pensamiento reaccionario español” coincide plenamente con esta opinión. Según él Fray Diego de Cádiz representa “la primera muestra de lo que seria la acción de los religiosos durante la época de la Independencia, cuando en plazas, pulpitos o en los mismos confesonarios, incitarían al pueblo a la guerra sin cuartel contra los franceses, que aparecían como la encarnación de las ideas de la lustración. En este sentido, Fray Diego nos interesa por representar en el campo de la reacción el paso del plano teórico al práctico; de la predicación de la intolerancia pasamos, pues, a la eliminación de las teorías ilustradas, no en el plano de la dialéctica sino de la realidad concreta. En realidad, para Fray Diego, son los revolucionarios franceses, en quienes culmina la maldad del siglo; para sus sucesores, veinte años mas tarde, serán los liberales”.
ANALISIS DE ESTA OBRA

El libro esta dedicado a su sobrino Don Antonio Ximenez y Caamaño, “soldado distinguido voluntario del ilustre y antiguo Regimiento de Infantería de Saboya”. Consta de dos partes y a lo largo de sus paginas son muy abundantes las notas al pie de las mismas, casi todas ellas en latín.
Hagamos un repaso por las principales tesis expuestas en esta obra.
La primera parte, primera instrucción como la llama el autor, consta de 58 folios. Viene precedida de una especie de exordio en el que reivindica su derecho a escribir esta obra a petición de su sobrino porque “en la Lei (sic) escrita era el cargo de los Sacerdotes exhortar a los Soldados en guerra santa y de Religión”. Se abre con una invocación a la Santísima Trinidad y a continuación justifica la obra en el deseo manifestado por su sobrino, a quien está dirigida, de “ser instruido en las graves obligaciones de la carrera militar, que has emprendido, dexada la de las letras en que estabas empleado”. Desde el principio pone de manifiesto su gran cultura con continuas referencias, tanto en el texto como a pie de pagina, al Viejo y Nuevo Testamento, amen de las obras de los principales autores religiosos de la época y por supuesto la obra tomista.
Recomienda a su sobrino que practique la piedad. “El preciso fundamento de todas las virtudes” según el consejo paulino, y “debe acostumbrarse desde ahora a no hacer caso de las insanas voces de los hombres, de quienes afirma el Espíritu Santo que por su maldad se van de continuo empeorando en el mal”. Advierte a su sobrino que para instruirle solo utiliza la pluma y no la espada. Este pasaje tiene, en mi opinión, claras resonancias cervantinas, muy seguidas en la literatura española en todas las épocas. Me refiero al famoso discurso de las armas y las letras, incluido en el Quijote.
“Las causas de la presente guerra contra la Francia son a todos tan notorias que solo pueden ignorarlas el que haya hecho particular estudio por no saberlas; su justicia a ninguno se le oculta, y su necesidad es tan grave, cuanto es urgente y preciso el remedio de unos males los mas considerables y de las mas funestas consecuencias. Dios, su Iglesia, su Fe, su Religión, sus leyes, sus Ministros, sus Templos, y todo lo mas sagrado, el derecho de gentes, el respeto debido a sus Soberanos, y aun el fuero siempre inviolable de la humanidad se hallan injustamente violados, impiamente desatendidos, y sacrílegamente atropellados en ese desgraciado reino por una multitud de hombres cuyo proceder los acredita de hijos de Lucifer, y miembros perniciosos de tan infame cabeza”.
El repertorio para justificar la autoría de la obra no puede ser mas completo. Todos los males que representa la Revolución están incluidos en el mismo. Más adelante añade otra connotación aun más sacrílega. “..hombres infames, sediciosos y perversos que se unieron y congregaron para formar un conciliábulo contra el Señor de los Cielos, y contra su Christo en la tierra”. A la vista de lo anterior es indudable que el capuchino gaditano conocía la obra del Abate Bossuet inspirador de la teoría del origen divino de la realeza que tanto predicamento tuvo en la Francia del Rey Sol.
Recomienda a su sobrino que como buen católico este dispuesto a dar su vida en la defensa de su religión y de su fe contra todos sus enemigos lo mismo que lo hicieron todos los grandes personajes que nos refiere la Historia Sagrada.
A continuación entra directamente en la primera Instrucción, que contiene los consejos adecuados para antes de entrar en batalla, dejando la segunda Instrucción para el momento mismo en que este luchando contra los impíos franceses.
Partiendo de una cita del Eclesiastés entiende que “cada uno debe ser perito y diestro en su arte para ser útil a la Republica, y un Militar para serlo es necesario que se instruya bien en sus deberes, porque de lo contrario no puede ser buen soldado”. La preparación técnica adecuada no solo es necesaria en los Jefes sino también en los soldados. Saca a relucir los ejemplos de David, Salomón y Judas Macabeo para reforzar su argumentación. “Melior est sapientia, quam arma bélica”, recomienda el Eclesiastés. Al valor del militar hay que añadir la preparación y la adecuada practica guerrera. Recomienda el estudio de lo que llama “la ciencia del Soldado” , es decir el conjunto de conocimientos necesarios “para vencer siempre y no ser jamás vencido”. Debe conocer muy bien las Ordenanzas Militares que en opinión de San Juan Crisóstomo son las leyes más importantes del Reino. Más adelante las llama “Reales Ordenanzas” y sobre su importancia incorpora multitud de citas históricas. A su conocimiento añade, para el triunfo en la guerra, poseer buenas condiciones físicas. Apoyándose en San Bernardino de Siena considera fundamental poseer un cuerpo sano y vigoroso que le ayude a “sufrir el hambre, la intemperie, la desnudez, las incomodidades del tiempo, del terreno y de la campaña”
Pero al lado de la fortaleza física debe evitar todos los vicios y ejercitarse en la virtud. “Por esto antes de ir a la guerra debes prevenirte con limpiar tu conciencia de todo pecado mortal, y con el ejercicio de aquellas virtudes, sin las cuales ni se vive en gracia de Dios, ni se pueden llenar las obligaciones de tu estado”. El soldado católico no solo es un militar a las ordenes de su Rey y Señor sino que “como Católico es también soldado de una espiritual milicia, cuyas armas no son carnales, ni terrenas, si espirituales e invisibles, que reciben la fuerza y el poder de Dios y de su gracia”.
De todos los posibles vicios y pecados que puedan asaltar al soldado católico “del que mas ha de precaverse es el de la irreligión, o la impiedad”. Acompaña este aserto con una extensa relación de ejemplos extraídos de la historia universal partiendo de Moisés y con apoyatura , además de la Biblia, en la obra de los Padres de la Iglesia y la Historia de España del P. Flores.
Para evitar la caída en la impiedad debe practicar la devoción que “es otra de las virtudes con que ha de prepararse el Soldado para la campaña. Esto supone un gran fondo de Religión en el alma, porque es su acto principal y consiste en la prontitud de la voluntad para servir a Dios”. Esta devoción debe adquirir una importancia especial después del culto a Dios, “en el obsequio y amor a la Inmaculada Reina de los Cielos Maria Santísima nuestra Señora; porque siendo Madre de Dios es nuestra medianera y nuestra abogada, y es el medio para alcanzar del Señor cuantos bienes han de venirnos de su mano”. Esta devoción mariana que ha resultado fundamental en la lucha contra todos los enemigos de la Religión, de modo especial contra las herejías, se puede canalizar a través del Santo Rosario, recomendando también que antes de participar en la batalla se refugiara en un Monasterio o en una iglesia para orar, preparar su espíritu y pedir a Dios por el triunfo.
La última página de esta primera instrucción se cierra, en la edición que comentamos con un tríptico en que aparecen los grandes santos guerreros de la cristiandad. Santiago el Mayor, Patrón de España, San Mauricio, San Sebastián y San Jorge.
Con estas advertencias termina esta primera instrucción que firma como “Tu Tío, y Siervo en N. Sr. Jesu-Christo, Fr. Diego Josef de Cádiz” . Esta primera parte termina con una Nota y un Aviso. La nota dice textualmente: “En esta Carta nada se trata de las obligaciones de los Gefes (sic) ni de los Oficiales; porque solo se habla en ella con un Soldado, al qual (sic) le conviene mas saber obedecer, que aprender a mandar”. En cuanto al aviso recuerda que “Las erratas se anotaran al fin”.
La segunda parte de esta obra señala “los motivos y el modo de pelear legítimamente un soldado católico en guerra de religión, cual parece que es la presente contra la Francia”, partiendo de la base de la preferencia de la cogulla sobre el cíngulo militar, según las tesis expuestas en una de las principales obras sobre el tema. . En opinión de Fray Diego “la religión y la justicia obligan al soldado católico a salir a la presente guerra , y a pelear en ella con esfuerzo”. En refuerzo de sus tesis señala los ejemplos que estima pertinentes arrancados de la Divina Escritura. Su profundo conocimiento de los Libros Sagrados le sirve para desgranar una serie de ejemplos sobre esta cuestión. Condena el uso que se hace de la libertad, “que neciamente ostentan, y sostienen con temeridad, que ha sido siempre la raíz y el origen de todas las heregias (sic) , y aun de todos los pecados”.
Subraya la importancia de la Religión como causa justificativa de la guerra y así escribe: “La Religión fue siempre en los tiempos de la lei (sic) escrita uno de los motivos mas principales para hacer guerra a las Naciones extranjeras (sic)”. Cualquier acción contra “la Religión Divina” es “agravio para todos” como señalaba el Emperador Teodosio en cita que hace suya el capuchino gaditano. El sacrosanto respeto a la religión verdadera esta en la base de toda su obra. Como consecuencia de ello tiene que rechazar los principios de libertad e igualdad que la Revolución ha proclamado y hecho suyos. Al atacar a la Religión los deístas franceses se han puesto enfrente de las verdades inconcusas. Ni su “imaginada libertad” ni su “pretendida igualdad” tienen apoyatura seria, en su opinión. Ya el Creador ha establecido en su orden divino la posición de cada uno. Condena la política seguida por Luis XI y Felipe el Hermoso de Francia que casi les hace perder su reino. “En estos Soberanos se vio prácticamente lo que en cualquiera Príncipe reprueba el Espíritu Santo como un mal y error reprehensible, y s que los inferiores suban a ocupar los puestos altos propios de las personas ilustres y mas condecoradas”. Es evidente que el Apóstol de las Españas tenia poca confianza en lo que hoy llamaríamos la promoción social.
En su opinión en el culto exagerado a la libertad y la igualdad esta la base de la descomposición social. Rechaza las tesis igualitarias de Wicleff que fue la causa, en su opinión , de guerras que ensangrentaron a Europa, lo mismo que sus compañeros los Husitas. A ambos le endosa la situación social vivida en las Islas Británicas por la Dinastía Stuardo y el regicidio de Carlos I. Mas adelante ataca las tesis de Montesquieu sobre la justicia apoyándose en la obra del padre Zevallos, que utiliza reiteradamente a lo largo de su exposición. Su indignación llega al máximo cuando trata “el horrendo regicidio ejecutado en el cristianísimo rey Luis XVI y en su dignísima esposa la reina Maria Antonia de Lorena”. Un soldado católico, ante estos excesos tiene que armarse de “furor santo” e intentar restablecer el orden antiguo que ha sido violentado por los defensores de las impías doctrinas.
Advierte a su sobrino que “la obediencia y la recta intención del soldado en la batalla le proporcionan para la victoria”, reproducción casi literal de un versículo del libro de Los Proverbios. Esta obediencia es “la principal honra del soldado” y consiste en una especie de juramento que los clásicos llamaban “el sacramento militar” y que implicaba exponer la vida e incluso perderla antes que incurrir en desobediencia a sus Jefes.
El mayor pecado de un soldado católico es la deserción, el pasarse al enemigo, que no solo es una cuestión que afecte a la Ordenanzas Militares sino también “una infame apostasía de la religión y de la Fe”. Refuerza esta tesis haciendo un recorrido por la historia y demostrando las graves consecuencias que a lo largo de la misma ha tenido la traición y las medidas adoptadas para evitarla. Generalmente suele empezar por la Historia del pueblo de Israel apoyándose en el Antiguo Testamento y acaba haciendo un recorrido por la historia medieval y moderna, en una multiplicidad de ejemplos históricos que ocupan varias paginas.
Cuando al soldado católico le falta la fuerza de la fe es normal que caiga en la impiedad. “Un hombre sin religión no puede dexar(sic) de ser un cobarde”, escribe apoyándose en el Padre Zevallos. La fe y las creencias religiosas son las la que explican el éxito de Juana de Arco en la Francia, la de Simón de Monfort ante los herejes albigenses, o la acción de D. Rodrigo, arzobispo de Toledo en la memorable batalla de las Navas de Tolosa, quien ordeno la noche anterior a la batalla que todos los soldados se prepararan con la confesión sacramental.
Terminada la batalla “si fuere la victoria a tu favor, no seas tardo, ni omiso en dar al Señor que la concedió las debidas gracias” , puesto que solo a El le es debida. Termina la Instrucción haciendo una semblanza biográfica del “insigne rei de Castilla Alfonso VIII, por sobrenombre El Bueno” , apoyándose en los datos suministrados por su director espiritual el Arzobispo de Toledo D. Rodrigo Ximenez de Rada. Como punto final señala que “ Últimamente las armas con que has de pelear contra los enemigos de Dios y de su Iglesia, no son únicamente el fusil y la espada con que te armas para salir al campo de batalla; hai(sic) otras mas poderosas contra ellos y mas útiles para ti; y estas son aquellas virtudes opuestas y contrarias a los errores y máximas del irracional sistema que ellos han querido establecer y se empeñan en seguir a costa de las mayores y mas violentas tiranías…”.
Esta segunda Instrucción esta fechada en el Convento de los Capuchinos de Sevilla el 8 de diciembre de 1793.Remata con unos versos, a los que siguen el “Índice de los escritores de cuyas obras se ha valido el autor para formar estas cartas” terminando con una lamina de la Virgen del Carmen con su Escapulario, la relación de erratas de la primera y segunda parte, una pagina final con ilustraciones de San Luis de Francia, San Fernando de Castilla, San Raimundo abad del Cister, el benedictino San Juan Gualberto, San Camilo de Lelis fundador de la “religión de los agonizantes” y San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Cierra la obra una larga Nota a esta edición , donde se recogen las Indulgencias concedidas por todos los Obispos y Abades.
Conclusiones
Pocas veces en la historia de la cultura se ha dado un caso como el presente. Un autor, fallecido el año 1801, una de cuyas obras, “El Soldado católico en las guerras de religión” que hemos comentado en las paginas anteriores , tendría una importancia extraordinaria para crear el clima social y mental necesario en la llamada guerra de la Independencia que estalla el año 1808. Pero no para aquí su influencia , sino que posteriormente esta obra como otras del eminente capuchino gaditano , habrían de servir para justificar determinadas posiciones políticas en las Constituyentes gaditanas.
La obra esta impregnada de carácter bélico y persigue la consideración e la misma como una cruzada religiosa e la que se mezclan argumentos de carácter político con otros de raíz espiritual. La obra fue aprovechada a favor de los intereses absolutistas y para justificar la negativa a la aceptación de las tesis francesas que se aplicaban en Cádiz, mientras los “soldados católicos” luchaban contra los ejércitos de la “impía Francia” que habían invadido nuestra Patria y apresado a sus Reyes. Poco podía sospechar Fray Diego que tendría una participación tan activa en esta guerra nacional a través de una obra escrita para justificar la guerra de los soldados españoles contra la Convención Francesa entre 1793 y 1795. Hoy la obra del celebre Capuchino esta en la base doctrinal del llamado problema de las dos Españas. Pero ese es ya otro tema. La Historia a veces ofrece estos sorprendentes efectos colaterales.

José Peña González.
Catedrático Derecho Constitucional.
Universidad San Pablo-CEU.

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