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Antonio Suárez Cabello

Cabra en "La tierra de Álvar Fáñez" de Antonio Pérez Henares

22.01.17 - Escrito por: Antonio Suárez Cabello

Adentrarnos en una historia ambientada en la España del siglo XI y los primeros años del siglo XII en la que el Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, recorre algunas de sus páginas, es acercarnos a la visión narrativa de lo que pudo ser la batalla de Cabra en aquel otoño de 1079, cuando por orden del rey Alfonso VI se producen las embajadas de Rodrigo Díaz de Vivar a Sevilla y del conde García Ordóñez a Granada, para cobrar las parias concertadas con los reyes al-Mutamid, de la taifa de Sevilla, y al-Mudaffar, de la taifa de Granada, los cuales estaban fuertemente enfrentados.

Esta enemistad provocó uno de los desafíos entre las tropas sevillanas y granadinas durante los días en que las mesnadas castellanas estaban cumpliendo las órdenes de su rey en la recaudación de los mizcales de oro a los reyes musulmanes, viéndose involucrados en este lance del que tomarían partido cada cual en su bando, al considerar que estaban obligados los beneficiarios de las parias a la defensa y protección de los respectivos reyes como una contraprestación por las mismas. Tuvo lugar en las tierras de Cabra, enfrentándose Rodrigo Díaz de Vivar al conde García Ordóñez, a quien vence y hace prisionero. Este acontecimiento contribuyó, según las crónicas, a marcar el futuro destino del Cid Campeador.

"La tierra de Álvar Fáñez", la novela del escritor y periodista Antonio Pérez Henares (Almuzara, Córdoba 2014, edición de Antonio de Egipto Suárez), nos acerca a la figura de un personaje histórico que se presenta, en palabras del autor, como "una pieza esencial de la resistencia cristiana contra los almorávides". La trayectoria histórica de Álvar Fáñez no se corresponde, según Pérez Henares, con la visión transmitida en el conjunto de la historiografía española. Para Plácido Ballesteros San José, historiador, a quien se debe las fuentes documentales y bibliográficas del contexto en el que se desarrolla la acción, es necesario reivindicarlo, ya que lo considera "un verdadero héroe al servicio de un buen rey". Un Alfonso VI denostado en el Cantar épico pero al que consideran "crucial e inteligente".

Para Plácido Ballesteros y Antonio Pérez, los documentos muestran que en la historia poco tuvo que ver Álvar Fáñez con Rodrigo Díaz de Vivar. Pudo acompañar brevemente al Cid al principio de su destierro, no siendo su mano derecha, ni su consejero militar, ni su embajador y constante compañero como se presenta en el Poema de Mio Cid (monumento literario). En su estudio llegan a la conclusión de que el mérito de la Reconquista "no se debe sólo a las gestas de Rodrigo Díaz de Vivar, aunque sea indudable su labor ante la expansión almorávide en el Levante", sino que hay que añadir, dicen, "los logros alcanzados por la acción de Álvar Fáñez en la frontera del Tajo frente a los almorávides, entre 1086 y 1114", puesto que fueron definitivos ya que "éstos no consiguieron recuperar los territorios del reino Toledano más allá de la línea defensiva del Tajo". Es en la voz de Álvar Fáñez, precisamente, en la que oímos el relato de la batalla de Cabra, que nos lleva al de la Historia Roderici.

El narrador de la novela es Fan Fáñez, personaje literario, rescatado de un monasterio a los diecisiete años por su tío Álvar Fáñez, quien le ofrece casa en el valle de Orbaneja, comida, solar, familia y formarlo en el arte de la espada y la guerra. Junto a él se hará hombre y se verá envuelto en medio de los juegos políticos y de poder de la época, donde destacan los valores del honor y la lealtad. También el autor le guarda al joven Fan Fáñez un lugar para la pasión y el amor. Pero vayamos a las páginas en las que se alude a Cabra.

Leemos, según relata Fan Fáñez, que Rodrigo Díaz pidió a su tío Álvar Fáñez lo acompañase a Sevilla en la expedición que el rey Alfonso le había confiado para cobrar las parias establecidas con al-Mutamid, pero que él no pudo acompañarle debido a que había de rematar en sus tierras algunas faenas de recogida de cosecha y molienda. Sí nos dice que partió con buenas y seleccionadas lanzas ("no menos de cincuenta"), que sumadas a las de Rodrigo, otras tantas, hacían una poderosa mesnada. Él, que ansiaba conocer las tierras de al-Andalus, hubo de quedar a la espera de su vuelta y con la promesa de que en la siguiente expedición formaría parte de ella.

Esperó impaciente la vuelta de aquella embajada junto a su tía doña Mayor Pérez, esposa de Álvar Fáñez e hija del poderoso conde Pedro Ansúrez, uno de los hombres de máxima confianza del monarca. De Burgos iban llegando noticias preocupantes de que en las tierras del sur se había producido un enfrentamiento entre cristianos y que Rodrigo había combatido contra el conde García Ordóñez y le había rendido y apresado, y liberado después. Las noticias informaban, asimismo, de que el rey Alfonso estaba encolerizado por el desmán cometido contra uno de sus condes. Así las cosas, la inquietud dominó a doña Mayor hasta el regreso de las mesnadas de Rodrigo y Álvar. Ya, las lluvias otoñales, habían hecho acto de presencia y la espera se prolongó hasta explicar ante el rey lo sucedido. Los rezos de doña Mayor cesaron al ver a su marido en casa.

Fan Fáñez menciona los gritos y alborozos de los reencuentros cuando llegaban a su pueblo los que formaron parte de las huestes. Él trataba de adivinar lo sucedido en el encuentro con el rey, hasta que su tío le contara lo que realmente ocurrió. Mientras, oía a algunos de los escuderos decir que el fanfarrón de García Ordóñez dio con sus huesos en el suelo, que Rodrigo fue generoso y le soltó, y que lo hubieran traído encadenado hasta Castilla para que respondiera ante el rey.

Cuando llegó a casa, Álvar Fáñez le dijo a su mujer que todo estaba bien, que no se preocupara, pidiendo que le dejaran atender a su caballo y a su aseo y le preparasen una buena cena; luego contaría con detalle lo sucedido. Concluida la cena y sentados ante el fuego de una chimenea comenzó su explicación, si bien era parco y preciso en sus palabras:

"Llegamos a Sevilla, a la ciudad del rey al-Mutamid, a orillas de un hermoso río, el Guadalquivir que señorea la más fértil vega. La ciudad es populosa y los alcázares del rey llenos de lujo. Se nos franquearon como amigos las puertas. Nos alojaron y agasajaron. Al-Mutamid no regateó el monto de las parias pero nos rogó que nos quedáramos algún tiempo. No hacerlo hubiera sido descortesía. Pero el moro sabía por qué hacía todo aquello y su persistencia en honores y agasajos con nosotros tenía un buen motivo".

Continúa Álvar Fáñez explicando que al poco llegó del reino de Granada, lindante con el de Sevilla, la noticia de que el conde García Ordóñez, nombrado por Alfonso gobernador de la Rioja, se encontraba como huésped del rey granadino, y con él su cuñado Fortín Sánchez y el hermano de éste Lope Sánchez y el magnate castellano Diego Pérez, acompañados todos por sus gentes de armas; es decir: cuatro mesnadas.

Conocimos, apunta Álvar Fáñez, "que el rey de Granada los había incitado o que ellos mismos pusieron empeño, pero el caso es que se salieron en algara hacia las tierras de Sevilla junto con las tropas granadinas para hacer la guerra y saquearle las vegas. Supimos que venían y entendimos el porqué de que el avisado al-Mutamid tanto nos regalara para retenernos". El rey de la taifa sevillana los convocó a su palacio y les comunicó la incursión de su enemigo, pidiendo la protección que por el pago de las parias estaban obligados a prestarle.

Les contó Rodrigo, incide Fáñez, "que intentó evitar el combate y mandó emisarios a García Ordóñez, poniendo por delante la amistad que les unía pero ante todo su obligación de defender por vasallaje y lealtad a Alfonso ante quienes a al-Mutamid atacaran". La respuesta no fue satisfactoria, ni por parte del rey granadino ni por la de los nobles castellanos. La correría, saqueando dominios de la taifa de Sevilla les lleva hasta las tierras de Cabra en las que encuentran la resistencia de Rodrigo Díaz, quien, según explica, "había partido apoyado por la caballería ligera sevillana".

Del combate nos aclara Álvar Fáñez que trabaron pelea mediada la mañana y pasado el mediodía, después de sufrir una gran matanza (tanto granadinos como cristianos) huyeron muchos de ellos. Rodrigo derribó a García Ordóñez y él hizo preso a Lope Sánchez. Igualmente cayó en su poder Diego Pérez. Muy atentamente oiría Fan Fáñez de su tío el final del combate: "Humillados, los trasladamos a nuestro campamento. Tomamos sus tiendas y pertenencias como legítimo botín de batalla y, tras consultarlo Rodrigo conmigo, decidimos dejarlos libres y que a Castilla y Navarra volvieran por sus medios y rumiando su derrota".

Álvar Fáñez reconoce ante su esposa y sobrino que quizás erraron en dejarlos ir y no traerlos con ellos, pues al rey Alfonso llegarían todo tipo de embustes y quejas, acusándolos por haberlos avergonzado y no reconociendo la derrota. Ellos regresaron victoriosos a Sevilla, siendo agasajados por un espléndido al-Mutamid con todo tipo de obsequios, al margen del pago realizado de las parias. Reconoce Fáñez que no debieron aceptar las dádivas por las murmuraciones que se propagarían en la corte. Ordóñez era el favorito del rey y de su hermana Urraca, así como de muchos magnates.

En las páginas de la novela de Antonio Pérez Henares encontramos más pormenorizados estos acontecimientos. De esta batalla existen en la actualidad unos recordatorios urbanos, como he referido en algunos de mis artículos. En Sevilla, en el pedestal de la estatua de bronce al Cid Campeador regalada a la ciudad hispalense por la escultora norteamericana Anna Huntington, con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929, se recoge la siguiente inscripción: "Sevilla, dorada corte del rey poeta Motamid, hospedó a Mío Cid, embajador de Alfonso VI, y le vio volver victorioso del rey de Granada". Cabra, al igual que Sevilla, también ha recordado este acontecimiento, pudiéndose contemplar en la cuesta de subida al castillo una columna que sujeta la réplica de la Tizona del Cid, inmortalizando su hazaña. La leyenda que reza al pie de la columna es la siguiente: "Por su gesta ante este castillo, moros y cristianos, llamaron Cid Campeador a Ruy Díaz de Vivar. Esta Tizona suya guarda su memoria".

En el último capítulo de la novela, mantenida con un pulso narrativo excelente, el protagonista, Fan Fáñez, habla de la muerte de su tío "cuando apenas si empezaba a asomar la primavera de 1114". Para él, Álvar Fáñez fue mejor de quien los juglares cantan en sus romances (Rodrigo) y le llamara Minaya: "Mejor vasallo, a pesar de sus señores, y el más esforzado brazo en defensa de Castilla".

Nuestra recomendación de la lectura de la novela "La tierra de Álvar Fáñez" de Antonio Pérez Henares es lógica, puesto que conoceremos unos años muy importantes en la historia de lo que llamamos España.

enlaces de interés

http://grupoalmuzara.com/a/fichalibro.ph...
La tierra de Alvar Fáñez, Ed. Almuzara

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