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¿Cuánto costaba morirse?

09.04.19 - Escrito por: Antonio Moreno Hurtado

Vivimos unos tiempos en que la cuestión socio-religiosa pasa por horas muy bajas en el interés ciudadano. Cada vez preocupa menos el más allá y se vive el día a día sin otras preocupaciones.

Sin embargo, en tiempos bastante lejanos, la cercanía de la muerte provocaba en el sujeto un desasosiego que, en la mayoría de los casos, conducía a una precipitada toma de decisiones para la preparación del óbito "en paz con Dios". El moribundo ordena decir muchas misas y dar limosnas a instituciones religiosas o civiles "para descargo de su alma". Esa postura se cristalizaba en el acto del testamento.

Los testamentos nos dan una idea de la capacidad económica del individuo que, con relativa frecuencia, incluso hipotecaba durante un tiempo la economía de sus herederos, al tener estos que asumir unos gastos de misas y limosnas que superaban sus posibilidades reales. Se tenía por cierto que estas misas constituían un requisito fundamental para "acortar las penas del Purgatorio y poder alcanzar la salvación eterna".

Si algún vecino con medio económicos moría sin testar, la Iglesia trataba de cubrir este hecho y habilitaba al obispo de la diócesis y, en su defecto, al vicario local, para otorgar un testamento en su nombre, una vez difunto, para que el finado no quedara "desamparado" en la otra vida. De manera que el obispo o el vicario podían otorgar un testamento y ordenar así las misas y obras pías que le correspondieran de acuerdo con su estatus social.

Esta prerrogativa de la autoridad eclesiástica se basaba en la creencia de que nadie debía abandonar la tierra sin los correspondientes sufragios por su alma. De modo que, testar para ordenar los gastos en el entierro, las misas y otros oficios litúrgicos, era todo un deber de caridad, aunque el efecto colateral era, también, garantizar unos buenos ingresos al clero local. El número de misas de cuerpo presente y de ánimas y réquiem por el difunto podían llegar a ser de varios miles, si el finado tenía medios suficientes.

En el siglo XVII, es curioso el hecho de que, si el testador era varón, las misas de réquiem se repartían entre la iglesia mayor y los conventos de San Francisco y Santo Domingo. Normalmente, la parroquia decía el doble de misas que los conventos. Además, era usual ordenar decir bastantes misas por los padres y otros deudos del testador. Aparte de estas misas, había las llamadas "oficiales".

En el siglo XVI, se solían decir las 13 misas de la Luz, las 5 de San Agustín, las 7 de Nuestra Señora, las 33 de San Amador, las 30 del Conde, las 9 fiestas de Nuestra Señora, las 3 a la Santísima Trinidad, las 5 de la Llagas, las 7 misas del Espíritu Santo, las 12 de los Apóstoles, las 25 de la Pasión, las 47 misas de San Vicente Ferrer...

Ya en el siglo XVII, se aumentan a ocho las San Agustín, San Francisco y Santo Domingo. Ahora, aparecen mandas de misas a algunas imágenes como la Virgen del Rosario, la Virgen de la Sierra o el Cristo de la Caridad. En la segunda mitad de dicho siglo, se encargan misas a Jesús Nazareno.
Además de algún que otro novenario.

Tengamos en cuenta que el estipendio por una misa rezada solía ser, a mediados del siglo XVII, de dos reales, casi el jornal de un peón no especializado. Aparte de las misas, los testamentos nos permiten conocer, también, otros actos caritativos del otorgante. Eran habituales las limosnas a las llamadas "obras pías". Estas Obras Pías se constituían en el seno de la Iglesia, que era la que las administraba y podían ser de muy diversos tipos.

En Cabra, era común mandar una limosna para Redención de Cristianos Cautivos, para la educación y cría de los Niños Expósitos, para la cera del Santísimo Sacramento, para los Santos Lugares, para los pobres de la cárcel, para los enfermos del Hospital, para los pobres vergonzantes...

En el testamento de Francisco Méndez de Córdoba, otorgado el 10 de junio de 1559, se ordena "vestir" a 12 pobres de Cabra, con sayos, capas, caperuzas, medias calzas, zapatos y camisas. También, se mandan 30.000 maravedíes para la obra del convento de Santo Domingo.

En los siglos XVI y XVII era habitual la limosna para cinco obras pías. Las primeras que aparecen reseñadas en el listado anterior.

Más adelante, nos encontramos referencia a las "cuatro obras pías forzosas". La cuatro primeras de la lista.

Es curioso que se conserva la de Redención de Cautivos, incluso ya en el siglo XIX. (1812, Testamento de doña María de la Cruz Narváez Portocarrero)

Por ese tiempo, en épocas de guerras, se solían dejar limosnas testamentarias para las viudas e hijos de los fallecidos por dichas causas.

En los testamentos figuran, también, limosnas a cofradías, generalmente por tener en ese momento algún gasto especial, como las donaciones a la Virgen de la Sierra en la segunda mitad del siglo XVII por obras en la ermita o a la cofradía de Jesús Nazareno, en la segunda mitad del siglo XVIII, para la construcción del Santo Sepulcro. Otro tipo de obra pía era la fundación de capellanías y patronatos. Estas obras pías, aparte de su carácter eminentemente social, constituyeron, en muchos casos, un medio de promoción encaminada principalmente a beneficiar a los familiares de sus fundadores.

Las capellanías eran unas instituciones de carácter piadoso, instauradas dentro de la Iglesia Católica, mediante las cuales el fundador dejaba ciertos bienes, que se ponían en renta, para que, con sus ganancias, se sostuviera a un capellán, que solía ser un miembro de su propia familia, que se aseguraba, así, un medio de vida. Los patronatos solían tener, también, algún interés para los miembros de la familia del fundador. Algunos de estos patronatos se fundaban con la intención de casar huérfanas necesitadas, normalmente pertenecientes a la familia del fundador.

Estas instituciones, una vez fundadas, pasaban a ser patrimonio de la Iglesia como propiedad vinculada, por lo que, en la mayor parte de los casos, no se podían enajenar sin el permiso de las autoridades eclesiásticas.

Pero ahora llega otro punto importante del testamento.

¿Cómo quiere el testador que sea su entierro?

Nos encontramos con entierros humildes, incluso costeados por la cofradía de la Santa Caridad. Pero, en otros casos, nos encontramos con un desfile espectacular, con música y un acompañamiento multicolor de clérigos, frailes, sacristanes, ministriles e incluso plañideras. Con cierta frecuencia, encontramos testamentos en los que se manda que asistan todos clérigos locales, incluidos los frailes de los conventos y que lleven el féretro los hermanos de San Juan de Dios.

Todo pagado a costa del difunto. El desfile se iniciaba en la casa del finado y recorría las calles hasta la iglesia o ermita en que iba a ser sepultado. Si era hermano de alguna cofradía, podía enterrarse en la bóveda que la misma tuviera en algún templo. Si no era el caso, el enterramiento se hacía en alguna de las bóvedas del templo, pagando la cuota correspondiente.

Veamos un caso concreto.

El día 16 de julio de 1666, se entierra en Cabra don Pedro de Arias Tejeiro. Había testado el día 11. En las cuentas que presenta su hermano y albacea, don Francisco de Arias Tejeiro, encontramos, entre otros, los apuntes siguientes.

66 reales a la iglesia mayor, de la limosna del entierro.
55 reales que costó el hábito de San Francisco para el difunto.
90 reales del acompañamiento de 45 sacerdotes al entierro.
1.340 reales de limosna por las 630 misas que dejó encargadas el difunto por su testamento y codicilo. Se incluyen derechos de colecturía, visita, Obras Pías y testimonio del testamento.
24 reales y medio de las velas que se gastaron en el entierro.
66 reales al convento de Santo Domingo, del acompañamiento de los frailes al entierro.
66 reales al convento de San Francisco de Paula, del acompañamiento de los frailes al entierro.
80 reales que se pagaron a don Juan Nieto, médico, de la cura que hizo al enfermo.
350 reales que se pagaron de medicamentos para el difunto en la botica del convento de San Rodrigo.

Pensemos que, por esos días, un peón no especializado cobraba en Cabra poco más de dos reales diarios...

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