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BIBLIOTECA GARDELIANA 7: CARLOS GARDEL. LA VERDAD DE UNA VIDA DE ARMANDO DEFINO

07.10.19 - Escrito por: Manuel Guerrero Cabrera

Armando DEFINO (1968): Carlos Gardel. La verdad de una vida. Compañía General Fabril Editora, 295 pp.

A Armando Defino se le ha calificado negativamente, por lo general, desde las posturas irreconciliables del Gardel francés y uruguayo. Su palabra y su manera de actuar han sido puestas en duda en varias ocasiones, por lo que la lectura de Carlos Gardel. La verdad de una vida es obligada para saber qué podía haber molestado tanto. Y es que el complemento de la lectura, o sea, la escritura del libro es, en palabras de Rubén Caminotti, «como los informes notariales que redactara en su larga trayectoria de amanuense en la escribanía de Felipe T. Ibáñez» [1], de estilo seco, directo y con muy poca intención literaria. Con esto, lejos de menospreciarlo, pretendo resaltar que Defino era poco dado a la inventiva y, por lo tanto, su historia no tiene aditamentos.
El libro se divide en dos partes y un apéndice. La primera parte comienza con la autobiografía del autor, que insiste en su visión y apreciación por el trabajo (y el suyo, concretamente), hasta su encuentro con Gardel... Curiosamente, esto nos recuerda a la Vida de Carlos Gardel contada por José Razzano y escrita por García Jiménez, que comenzaba con la vida de Razzano y se detenía cuando conocía a su compañero, momento en el que añadía una sucinta biografía de los primeros años del Zorzal: lo mismo que hace Defino. Este, casi con toda seguridad, pudo imitarlo para poner los puntos sobre las íes, según podemos desprender de este pasaje:

La fecha y lugar de nacimiento de Carlos y sobre todo la fecha, han sido desconocidos en diversas biografías hechas in estudio previo. José Razzano, que se precia de haber pasado una vida al lado de Carlos, lo desconoció y ha insistido sobre este tópico en distintos reportajes periodísticos y además lo dejó estampado como inamovible en su relato La vida de Carlos Gardel, escrita por Francisco García Jiménez. [2]

A lo largo del libro, encontramos información que desmiente o contradice la dada por Razzano y García Jiménez: la llegada de Gardel a Argentina (1891, con cuatro años, según Razzano; en 1893, con dos, según Defino), la despedida con la familia de Razzano (este contó que no estaba en su domicilio cuando Gardel pasó a despedirse, en cambio, Defino habla de una disputa durante una cena en dicha casa), el ánimo de Gardel (Razzano aseguró que caía habitualmente en la melancolía, Defino lo niega), el juego (su compañero de dúo habla del afán jugador de Gardel, Defino indicó que no le gustaba jugar nada más que a apostar en las carreras de caballos)... Está claro que Armando Defino se siente dolido con Razzano y el motivo puede ser el modo en que este actuó después de que aquel renunciara a los derechos de autor (de Gardel) que doña Berta le había legado a su muerte. Razzano había fallecido en 1960 sin modificar nada de lo que había expresado sobre Gardel; Defino escribe este libro alrededor de 1962 y se publicó póstumamente en 1968. Da la impresión de que Defino se sentía burlado por el uruguayo. A esto se une la reciente publicación del libro (o artículos) de Silva Cabrera sobre el origen uruguayo de Gardel. Defino considera tan absurda y sin sentido esta postura que ni nombra al periodista, en un párrafo lleno de honestidad y en el que se manifiesta su frustración y su soledad:

Nadie me podrá culpar por haber hecho alarde de esa amistad para prosperar económicamente o disfrutar privilegios, antes por lo contrario, se han avasallado mis derechos, se ha hecho uso y abuso de Gardel para lucrar con su memoria, la falta de vínculo sanguíneo me ha privado de impedir la enorme cantidad de desmanes cometidos con su memoria; las leyes no me amparan en ese sentido; a pesar de ser su heredero legal, hube de limitar mis juicios, a dejar sentada mi protesta en algunos casos y en otros he dejado correr la leyenda, alguna vez tan infame, tan infame que ni siquiera intenté la defensa porque moría al nacer. Como en el caso de cierto inescrupuloso periodista que no tuvo reparos en calumniar a Carlos y negar su amor filial a que, como es público y notorio, Carlos rendía homenaje. [3] [4]

El libro continúa con la información que ya no pudo dar Razzano ni García Jiménez: de cómo Gardel prescinde del primero y del modo en el que el Zorzal decide confiar plenamente en Defino. Para ello el autor se sirve principalmente de la correspondencia (fragmentada) que tuvo con el cantor y, en menor medida, de aportaciones personales. Esta primera parte concluye con la trascripción de la última carta que recibió de él y que le llegó el 25 de junio.

La segunda parte del libro comienza con un acercamiento biográfico a Berta Gardes [5] y la correspondencia que mantiene con ella antes del accidente de avión de Carlos. Este suceso inicia el relato de la repatriación de sus restos, que resulta una odisea en varios aspectos, desde lo personal a lo institucional, sin obviar lo burocrático. Brevemente habla de la muerte del cantor y de que recoge a su madre en Toulousse y vuelve con ella a Buenos Aires, después se detiene en la creación de la Comisión de Homenaje en la que es nombrado «vocal» y responsable para trasladarse a Colombia «a fin de gestionar la repatriación de los restos de Carlos y sus colaboradores. A pedido expreso de doña Berta» le acompañó su esposa [6]. Ya en Norteamérica, tras las dificultades que tiene para desentrañar qué dinero le corresponde a Carlos, llega a la conclusión de que «debo hacer la misma gira, para asegurar pruebas que justifiquen que ese dinero pertenece a Carlos» [7]. Metódico y meticuloso, Defino realiza todas las gestiones sin problemas hasta llegar a Medellín, donde se entera de la deslealtad de Aguilar [8] y de que este está tramando con Razzano la repatriación a Uruguay. Defino reproduce fragmentos de Nicolas Díaz sobre el accidente y habla de cómo se identificaron los restos de todos los ocupantes del avión [9] y del inventario de sus pertenencias. Una vez acabados todos los trámites necesarios, en un inhabitual giro lingüístico de él, probablemente por la emoción, Defino habla del sentimiento de las mujeres colombianas al despedirse del cantor y se percata que «por raro capricho del destino, Gardel recorrió muerto el mismo itinerario que él se había fijado en vida»; le sigue un escueto relato de cómo abandonaron Colombia, en el que el autor insiste en la angustia y en las penas que vivió, a la par que nos hace ver lo dificultoso del mismo por atravesar lugares en los que solamente se podía llevar el féretro al hombro durante varias horas y «recorrer estrechos senderos al borde de precipicios» [10]. Gracias al autor se conoce el recibimiento popular del rey el tango en Norteamérica, Uruguay y Buenos Aires (incluida la «pelea» con el comisario de a bordo del barco por el modo en el que había sido colocado el ataúd en la bodega de carga o, mejor dicho, las cosas que le habían colocado encima). Para concluir este asunto de la repatriación, como buen escribano, transcribe todo el memorial del mismo (planilla económica incluida). El resto de esta segunda parte está dedicado a la realización del mausoleo de Carlitos (habladurías de por medio, nuevamente, que colmaron la paciencia del autor) y a los últimos años de doña Berta.
El apéndice contiene la reproducción de los testamentos de Gardel y de su madre, la discografía, la filmografía (con la mención de una película titulada La loba, rodada entre 1916 y 1919, de la que no se sabe nada más), un índice personas citadas y una valiosísima aportación de fotografías, ya que algunas se publicaban por primera vez, como los certificados escolares del cantor o una reproducción del comienzo y el final de su testamento ológrafo.
Como dijimos al principio, a Defino se le ha calificado negativamente, creemos que sin razón y, en concreto desde la teoría uruguayista, basándose en suposiciones. Armando Defino manifiesta en Carlos Gardel. La verdad de una vida que él tan solo quiso cumplir los deseos de Carlitos y, en todo caso, lo que hubiera sido mejor para su memoria y para doña Berta. Fue, ante todo, un escribano afanoso, como demuestra las gestiones con Gardel o el memorial presentado a la Comisión de Homenaje, y alguien que se encontró con el protagonismo y la polémica no deseados tras la muerte de su representado. Las palabras con las que acaba su relato revelan el grado de compromiso adquirido consigo y con los demás: «Carlitos, doña Berta, mis amigos, creo que he cumplido con Uds. Ustedes dirán».


NOTAS:

[1] Rubén Caminotti (2015): Gardel en el diván. Dunken, p. 137.

[2] Armando Defino (1968): Carlos Gardel. La verdad de una vida, p. 55.

[3] Idem, p. 73. Recordemos que Silva negaba que Berta Gardes fuera la madre de Gardel en Carlos Gardel. El gran desconocido (Ciudadela, 1967).

[4] Respecto a la entrega de los derechos de autor a Razzano, Defino escribe indignado que «mi renunciamiento fue comentario obligado de gente del ambiente, y a veces con alusiones no muy bondadosas hacia mi liberalidad. Lamentablemente mi gesto, o mejor dicho mi generosidad al trasnferir esa fortuna a Razzano, quien se titulaba amigo de Carlos y mío, fue un arma que con fines que prefiero no calificar, nunca debió usar contra sus "amigos"». Ibidem.

[5] Creemos que esta biografía, colocada aquí sin necesidad dentro del libro, se añade para darle presencia y relevancia frente a la casi total ausencia de Berta Gardes en la Vida de Carlos Gardel contada por Razzano. No obstante, pasado el tiempo, también funciona como argumento contra quienes negaban que ella fuera la madre de Carlos (Silva Cabrera).

[6] Defino: Ob. cit., p. 137.

[7] Ibid.

[8] «Deslealtad» es la palabra que usa Defino, por no emplear otras más agravantes, pues la actitud de José María Aguilar es cuanto menos desvergonzada. Idem, pp. 144-148.

[9] Defino insiste en este aspecto para aclarar «las malévolas referencias de que en el ataúd [...] no había más que algunas ropas», y rememora que ya en Buenos Aires, con ocasión de cambiar el féretro en el que viajó el cuerpo de Gardel, algunos amigos de este pudieron contemplarlo y asegurar que era él. Idem, p. 159.

[10] Defino: Ob. cit., p. 167.

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