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Las Huertas de Cabra (II)

27.06.20 - Escrito por: Antonio Moreno Hurtado

En las Actas Capitulares del Ayuntamiento de Cabra se pueden encontrar algunas referencias a los hortelanos y sus problemas profesionales, así como las medidas del Concejo local para asegurar el abastecimiento de frutas y hortalizas para la población, prohibiéndose su exportación a otras localidades en caso de escasez.

También, los protocolos notariales de Cabra dan noticias de los hortelanos, de su vida familiar, de sus enlaces y de sus posibles problemas económicos.
Un documento curioso es el testamento de un hortelano morisco llamado Andrés García, otorgado en Cabra el día 28 de marzo de 1605, ante el escribano Diego Martínez. Declara estar casado con Beatriz de Baena, también "de los naturales del Reino de Granada". Pide que se le devuelvan los cincuenta ducados que ella trajo como dote.

Declara que tiene arrendada una huerta del presbítero don Diego Arias Rojo, con la renta anual de 120 ducados, lo que da idea de su tamaño y valor.
Nombra herederos a sus hijos Melchor, Alonso, Brianda y Lorenzo García.

A través de los protocolos notariales podemos comprobar la permanencia, durante muchísimos años, de familias hortelanas de Cabra como los Orgaz, los Jorges, los Granados, los Cruz, los Rubio, los Romero o los Pacho, uno de cuyos miembros, Pedro Martín Pacho, protagonizó unos de los milagros más conocidos de la Virgen de la Sierra.

El milagro hecho en la persona del hortelano Pedro Martín Pacho, en el año 1621, iba a revolucionar al mundo creyente del sur de la provincia de Córdoba.
Poco sabíamos, hasta ahora, de este humilde egabrense, hortelano de profesión, que protagonizó una importante página socio-religiosa en Cabra.
Pedro era un humilde hortelano de Cabra. Hijo de hortelano, hermano de hortelanos y padre de hortelano. Una profesión común en su familia.

Hoy sabemos que fue hijo de Antón García el Pacho y de Juana Jiménez, vecinos de Cabra en la segunda mitad del siglo XVI.

Pedro Martín Pacho casó en Cabra, en la iglesia de la Asunción, con Ana María de Zamora, el día 10 de diciembre de 1606. Tuvieron dos hijos, Antón y Antonia.

Al principio, vivieron en la casa familiar en el Cerro, junto a la Fuente del Avellano, en un rellano que se conocía como la placita del Pacho.

En el año 1614, el matrimonio compró una parte de casa en la calle de los Merinos, a espaldas de la iglesia de la Asunción, donde Pedro pasaría el resto de su vida.

En el Cabildo del día 29 de junio de 1621, que preside el corregidor don Juan Vivero, se da noticia del milagro ocurrido el día de San Juan anterior en la persona del Pedro Martín Pacho, hortelano y vecino de Cabra. Se dice que Pedro "llevaba más de catorce años tullido de piernas y brazos, quebrado y con excesivos dolores". Que habiendo sanado por intervención de la Virgen de la Sierra ese día, "vino a pie, corriendo por el camino". El Concejo había ordenado dar cuenta al Obispo, para que el Vicario egabrense averiguase los hechos y que se hiciera una procesión general de acción de gracias desde la ermita. El Cabildo egabrense aprovecha para dejar claro que corresponde al mismo organizar la primera fiesta y que los oficiales del Concejo serán los que lleven las andas de la Virgen, como había sido tradicional.

Cuando se produce el milagro, Pedro tiene unos 38 años y lleva más de catorce tullido. Es decir, comienzan sus dolencias a principios del año 1607, cuando está casi recién casado.

El hortelano todavía vivía en el año 1635. En el Padrón de Vecinos de ese año figura en la calle de los Merinos, con cincuenta años de edad. Un censo reservado a los vecinos "hábiles para la guerra", lo que demuestra que la Virgen le había devuelto su salud original.

Pero Pedro iba a morir poco después.

Un dato muy curioso es el que nos dan las escrituras de arrendamiento de las huertas, por sus dueños a hortelanos.

Lo normal es que las huertas se arrendaran por un cierto número de años, para compensar las buenas y las malas cosechas. Pero no es difícil encontrar arrendamientos "de por vida", "por dos vidas" o "por el tiempo de la voluntad" del dueño. Todo dependía de la situación económica del propietario y de la confianza que depositaba en el arrendatario.

Los conventos y cofradías usaban, con cierta frecuencia, el periodo de una vida, la que le quedara al arrendador o al arrendatario. Otras veces, se hacía por dos vidas, es decir, la del arrendatario y la de otra persona que éste designara, un hijo o un familiar, por lo general. Aunque, a veces, el arrendatario hacía uso de este derecho para negociar el traspaso a otra persona. Pero el plazo habitual no solía pasar de cinco o seis años, con una parte de la renta en dinero y el resto en productos de la propia huerta.

A título de ejemplo, vamos a analizar una escritura de arrendamiento de huerta del año 1558. El día 31 de julio, ante el escribano Gonzalo de Silva, la cofradía de la Santa Caridad de Cabra renueva un antiguo contrato de arrendamiento de una haza de tierra de riego. En nombre de la cofradía actúa su Mayordomo y Hermano Mayor, Juan Merino. Declara que hacía años se había dado en arrendamiento a Lope García Rabadán, difunto, "una haza que se llama de Santiago", en el partido de las Bajas, linde con el arroyo Guadalazar y con huerta del Bachiller León, por ambas partes y con huerta de Juan Rodríguez Cantero. Se había dado por dos vidas, a razón de 26 reales de plata anuales.

El difunto Lope había cedido la segunda vida a su hijo Diego Hernández Rabadán, pero la cofradía decide hacerlo por otras dos vidas, por 30 reales de plata al año y el compromiso de Diego de, en el plazo de dos años, plantar árboles frutales en lo que ahora ya es una huerta. También otorgan y firman la escritura Francisco de Cea y Antonio Enríquez de Herrera, regidores y coadjutores de la cofradía.

Casi 40 años después, la viuda de Diego, llamada Andrea de Mesa, renueva el compromiso con los Hospitales de la Caridad y San Rodrigo, ahora dueños de la huerta. El difunto marido la había dejado nominada para la segunda vida y el Hospital le pide que asuma el compromiso de pagar los 30 reales de plata al año. La huerta linda ahora con otra de los herederos de Juan Fernández, morisco, con huerta de don Francisco de Pineda y con la acequia. Por parte de los Hospitales firma su Hermano Mayor fray Cristóbal de Bedoya.

Andrea de Mesa otorga su testamento en el año 1611 ante el escribano Diego Martínez y funda una Memoria de misas en el convento de Santo Domingo.
De ahí que, en el año 1611, la huerta fuera arrendada a Juan Pérez de Mora, por cuatro años y veinte ducados al año de renta. Mora vivía en la plaza de San Martín, frente a la fuente. Un año después, el prior del convento de San Juan de Dios, fray Juan Calvo, demandó a Mora por "haber hecho una poza para cocer lino y cáñamo en la huerta" que le tenían arrendada en las Huertas Bajas.

En el año 1617, ante el escribano Luis Fernández Martínez, doña Beatriz Merino cede en arrendamiento a Andrés Gómez Garrobo una huerta "de tierra y arboleda" en el camino de Priego, en el precio de 50 ducados, 300 granadas dulces, 300 agrias y 2.000 nueces al año. Pagadero por San Miguel de septiembre.

El hortelano no podrá alegar "falta o sobra de agua, fríos, hielos, nieve, granizo, peste, saco, robo ni otro cualquier caso mayor o menor, ora venga del cielo o de la tierra, pensado o no... frutos perdidos, esterilidad..." El contrato será "por todos los días y años" de la vida de la dueña. Se conocía como la huerta del Picón.

La había de labrar, regar y estercolar. El primer año ha de hacer en la huerta una casa de teja. No puede cortar árboles ni ramas.

Si ella muere antes de que pasen 8 años, su hijo Juan Merino Valverde, que está presente y le sucedería en la propiedad de la huerta, debería garantizar a Garrobo al menos esos 8 años de arrendamiento.

Hasta el año anterior había estado arrendada a Juan Cobo, hijo de Juan Pérez Matías. Había sembrado "trigo, alcazel y otras legumbres, con lo que Garrobo no había podido usar la huerta en su momento y había que rebajar la renta de este primer año.

Se acuerda que valoren "el terralgo" (pérdida) los hortelanos Juan de Letrán y Miguel López de Orgaz.

Se indica que la huerta linda con huerta del conde de Salvatierra y con huerta de la cofradía de la Caridad. Intervienen como testigos Juan de León, Juan de la Cruz Criado, yerno de Roa y Gregorio Martínez.

En el año 1641, ante el escribano Pedro Gutiérrez de los Ríos, el Hospital de la Caridad y San Rodrigo cede en arrendamiento a Miguel de Orgaz una huerta "en la Vega", por el tiempo de dos vidas. Pagará 34 ducados y medio al año, además de dos gallinas.

Otra escritura interesante es la otorgada el día 15 de enero de 1651, ante el escribano Juan de la Torre Castroverde. Sor María de Pineda Messía, monja en el convento de la Santísima Trinidad de Alcalá la Real, posee una huerta en Cabra, procedente del vínculo fundado por doña Luisa de Valenzuela, conocida por "la Alcaidesa" por su matrimonio con don Juan Cevico Arévalo, alcaide del castillo de Cabra a mediados del siglo XVI. Esta señora daría nombre a la calle en que vivían.

La huerta era "de tierra y arbolado" y estaba en el partido de la Fuente de las Peñas (vulgo Piedras), linde con el antiguo camino de Córdoba y la dehesa de la Cañada del Serrano. La ha tomado en arrendamiento Juan de Aguilar, sedero de oficio, por dos años, a partir del pasado día de San Miguel de septiembre. Pagará 17 ducados al año y "un millar de nueces buenas". El sedero declara vivir en la calle del Bachiller León y ofrece su casa como fianza.

Como curiosidad, diremos que esta huerta todavía pertenecía al vinculo citado, cuyo patrono era, por el año 1825, don Rafael Alcalde y Lalanne, Oidor Honorario de la Real Audiencia de Caracas, fallecido en Cabra el día 25 de octubre de ese año y enterrado el 26 en la iglesia de la Asunción. Le sucedería en el vínculo su hijo don Rafael Julián Alcalde y Zorrilla, casado con doña María del Carmen Moreno de las Peñas. El vínculo tenía otras fincas en esta zona, de olivar, secano y regadío, a un lado y otro del camino antiguo de Córdoba, que iban desde la falda de la Atalaya hasta la Dehesa del Colmenar, por arriba. Por abajo llegaban hasta los silos del trigo.

El día 4 de septiembre de 1671, ante el escribano Juan Salvador del Moral, el alarife Francisco Pérez Romo toma en arrendamiento, por dos vidas, una huerta propiedad de la cofradía de la Asunción, con la renta anual de ocho ducados y medio, además de la obligación de plantar, a lo largo de la acequia, varios álamos blancos, mimbrones y chopos. La huerta se encuentra en el partido del Mojardín y Prado de Rute, linde con la acequia del Mojardín.

Otra escritura curiosa es la que se otorga el día 3 de noviembre de 1685 ante el escribano Ambrosio Gómez Caballos. El licenciado don Silvestre de Porras Gallardo, presbítero, en nombre de don Juan de Porras Atienza, obispo de Coria, arrienda a Pedro de la Cruz una huerta de tierra y árboles frutales en el partido de Guadalazar, junto a la Cuesta del Duende. Comenzará a contar desde el día de San Miguel de septiembre y será por ocho años. Pagará 500 reales y 8 arrobas de manzanas al año.

El día 9 de febrero de 1694, ante el escribano Isidro García Montero, el licenciado don Sebastián de Andía y Cuéllar, presbítero, arrienda a Antonio de Soto una huerta en el partido de las Bajas, linde con el río. Se trata de una huerta "de riego, con árboles frutales". Se especifica que en la huerta hay seis nogales, siete perales y un álamo blanco. El contrato es vitalicio, es decir, mientras Soto viva. Se acuerda que la renta anual sería de 720 reales, además de seis arrobas de fruta, elegida por el dueño, 24 melones y un millar de nueces.

Por el año 1713, las huertas de la Fuente de las Piedras estaban valoradas a razón de 500 reales el celemín. Una cantidad bastante alta, lo que demuestra la calidad de las mismas.

En el año 1737 se produce un conflicto entre los hortelanos del partido de la Fuente de las Piedras sobre el aprovechamiento del agua de la fuente. El problema consistía en delimitar qué parte del agua había de usarse para regar y qué parte para cocer el lino en las pozas. Se inicia a petición de Francisco de Lama y otros hortelanos de la zona, ante el corregidor don Juan Marroquín de la Peña.

El tema no era fácil y se prolongó durante 17 años, hasta que, el día 11 de julio de 1754, el corregidor don José Antonio Martínez de Vivar, dictó un auto que reconocía el derecho de los hortelanos a "regar y usar las pozas como de costumbre". Lo que se comunica al Alcalde del Agua, Pedro de Arce.

Por ese tiempo, ocurrió en Cabra un grave incidente con resultado de muerte. Decíamos en otro lugar que los hortelanos de Cabra solían desplazarse con sus productos a las localidades vecinas.

Uno de estos lugares, por su proximidad, era la ciudad de Lucena, en cuyo mercado hay constancia de la presencia de hortelanos egabrenses durante siglos.
Pues bien, en tiempos del corregidor don Juan Marroquín de la Peña, estos hortelanos se quejaban de que había una banda de ladrones que les asaltaban al regreso de Lucena y les robaban el dinero. Se sabía que el cabecilla era un vecino, huido de los presidios africanos, conocido como el "Mano abierta".

Un día ocurre lo esperado. Uno de los hortelanos forcejea con "Mano Abierta" y el arma se dispara, alcanzando al bandido, que fallece a causa de la herida. El hortelano y sus acompañantes, esconden al fallecido en un lugar cercano a la Fuente de las Piedras y el hortelano huye de Cabra, para regresar poco después.
Pero un vecino encuentra el cadáver y denuncia el hecho a las autoridades locales.

La Justicia apresa al homicida pero, en el juicio, la viuda de "Mano Abierta" retira la denuncia, perdona al acusado y acepta el hecho de haber sido un accidente en defensa propia. De manera que el pobre hortelano queda absuelto del delito de homicidio.

El pleito se lleva ante el escribano Antonio Nogués y Salas.

Por otra parte, en el Catastro de Enseñada, de 1751, se indica que en este término se labran "quinientas fanegas de regadío, que comprenden las huertas de este término, en las cuales se siembran, unas de trigo y semillas, en donde les parece y a acomoda a sus dueños. Y otras ocupadas de hortalizas, hallándose los frutales, moreras, álamos y mimbrones... en unas huertas mayor número que en otras". Se calculaba que, en un tercio de todo el regadío, de cada seis partes de la tierra, en cada huerta se solía sembrar tres partes de trigo, una de lino y el resto de habas, habichuelas y mijo.

Algo más del otro tercio de regadío local se solía dedicar al cultivo de hortalizas. Entre ellas se citan berenjenas, tomates, calabazas, pimientos, cebollas, ajos, coles, nabos, cardos, melones, sandías y pepinos. El resto del terreno se ocupaba con frutales, de las que destacan unas 5.500 moreras, unos 500 nogales y unos 10.000 granados. Se estima que los 500 nogales producen unos 1.500 millares de nueces y que los 10.000 granados producen unas 500.000 granadas. No se dan cifras de perales, manzanos, camuesos y otros tipos de fruta, aunque se cita su existencia. Se calcula que cada arroba de fruta de "pipa y hueso", puede valer unos dos reales por entonces.

Entre las frutas habituales de sus huertas, se señalan las manzana, ciruelos, cerezos, guindos, camuesos, peros, duraznos, peras, albarillos o albaricoques, membrillos, higueras y moreras.
Para otro uso, se citan los álamos, blancos y negros, y los mimbrones.
En la declaración que hace fray Bartolomé Bermúdez, prior del convento de San Juan de Dios, al ministro Ensenada, en 1751, figura un breve inventario de los bienes del mismo. Entre las 65 huertas que poseen, figuran, sin diferenciar, ocho en el Camino de Priego y cinco en la Senda de Enmedio.

Casi cien años después, en 1847, don Pascual Madoz afirmaba que el número total de huertas egabrenses era de 750, de las que 570 se regaban directamente con agua del río Cabra.

Otra escritura curiosa es la que se otorga en el año 1773 ante el escribano Francisco Lozano Carrillo. El día 31 de mayo, doña Leonor de Villavicencio, viuda de don Alonso Curado, cede en arrendamiento una huerta grande a los hermanos Francisco y Tomás Martín de la Hinestrosa, vecinos de Cabra. Lo hace por un periodo de nueve años, con una renta de 600 reales anuales, 200 granadas agrias, 1.000 nueces y 200 pimientos. Los arrendatarios se obligan a plantar, en ese tiempo, diez moreras y un nogal, así como conservar los frutales que ya hay. Se trata de 17 nogales, 30 cerezos y 109 moreras.

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