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El sacrificio de Isaac, una tradición ¿perdida para siempre?

11.03.13 - Escrito por: Antonio Suárez Cabello

Algunas de las tradiciones de los pueblos parecen acunadas en el tiempo. Durante muchos años fueron transmitidas de generación en generación, sufriendo las mudanzas correspondientes, pero un buen día desaparecieron de las costumbres que, de alguna forma, marcaban identidad en la realización de sus rituales. Tal es el caso de la vieja estampa de la Semana Santa egabrense el Sacrificio de Isaac, que junto al Prendimiento de Jesús se dramatizaba en la Plaza Mayor de la ciudad en las mañanas del Viernes Santo. Esta tradición fue interrumpida, según las crónicas, en 1931 al ir degenerando las expresiones mímicas con las que se llevaba a cabo la representación teatral.

Nicolás Albornoz, en su Historia de Cabra (1909), realiza una mordaz crónica de estas dos tradiciones, que él considera extravíos místicos: "olviden mis paisanos ese sainete o pantomima ridícula del sacrificio de Isaac por Abraham en la cumbre del monte Mória, que allá llaman "El paso", y que se verifica el Viernes Santos por la mañana, sustituyéndolo por otro acto de la Pasión de Cristo, para que, poco a poco, el pueblo vaya cambiando estas costumbres, y la Virgen Santísima se apiade de los que ese día, y en plena plaza pública, la hacen dar carrera y hacer reverencias poco reverentes".

En el de Sacrificio de Isaac, los cristianos primitivos veían una semejanza simbólica igual al sacrificio de la Cruz. Se trata de una escena del Antiguo Testamento (Génesis 22, Sacrificio de Abrahán), utilizada como tema iconográfico en pintura y escultura y también como texto dramático para la escenificación. Según recoge la Biblia, Dios le dijo a Abrahán que tomase a su hijo Isaac y lo ofreciese en holocausto, en el monte Moria. En aquel lugar Abrahán construye un altar y dispuso la leña, y cuando tomó el cuchillo para inmolar a su hijo, el Ángel de Yahvé le dijo: "No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único". Alzando la vista, Abrahán vio un carnero trabado en un zarzal por los cuernos y tomándolo lo sacrificó en holocausto en lugar de su hijo, siendo colmado de bendiciones por Yahvé al haber obedecido su voz.

Juan Soca, en "Perfiles Egabrenses" (1961), describe el ambiente que precedía a la teatralización de el Sacrificio de Isaac en la Plaza Vieja: "en esta popular plaza se daban cita, en la mañana del Viernes Santo, todas las clases sociales. Los balcones de las casas que rodeaban a la plaza se ven abarrotados de público. Como el sol cae sobre las cabezas de las bellas egabrenses, éstas se resguardan del astro rey, con bordadas sombrillas de raso. Algunos balcones aparecen entoldados en esta mañana de la Semana Mayor. Es curioso anotar que los dueños de estas casas, arrendadas durante todo el año, consignan en los contratos de alquiler que, en la mañana del Viernes Santos, "nadie más que los dueños del inmueble podrán disponer del uso de los balcones". Así, la plaza aparece totalmente ocupada por el pueblo, pudiéndose afirmar que el llamado "Paso" lo presencian todos los vecinos, con excepción de los imposibilitados".

Juan Valera recoge también el Sacrificio de Isaac en su novela "Juanita la Larga" (1895), situando la acción tanto en Cabra como en Doña Mencía, si bien estamos ante una novela de ficción: "Hay uno, no obstante, que es muy trascendental, y que también los hombres representan. Es la prefiguración, el reflejo profético del sacrificio del Hijo por el Padre: es el sacrificio de Isaac por Abraham en la cumbre del monte Mória, y que otro ángel impide. El monte está representado en medio de la plaza por un tablado cubierto de verdura. Abraham e Isaac no hablan: sólo accionan. Cuando Abraham tiene ya levantada la cuchilla para sacrificar a su hijo, el ángel le detiene cantando un romance. Isaac recibe entonces la palma del martirio, que ostenta en las procesiones de los días siguientes. Abraham sacrifica un cordero, según los antiguos ritos".

José María Garrido, en su libro "La Semana Santa en Cabra" (1995), dedica un interesantísimo apéndice a la representación de "El Paso" durante el primer tercio del siglo XX, en el que se recoge con detalle el Sacrificio de Isaac y el texto del sermón que pronunciaba el padre Pedro Pedrosa durante la representación teatral de "El Paso", conservado en un original manuscrito fechado en 1891.

Reflexiona Valera, en la novela aludida, sobre estas representaciones "en que lo sagrado y lo profano, lo serio y lo chistoso y lo trágico y lo cómico desentonaba algo", pero que el suprimirlas, según el escritor, "hubiera sido un crimen de lesa poesía popular". El volver a recuperar esta tradición perdida en el tiempo no supone que se lleve a cabo con las mismas connotaciones del pasado. Hoy en día existen otros elementos dramáticos para la puesta en escena, aunque texto, mensaje y esencia de la representación sean las de antaño. Aquello que con el tiempo fue degenerando puede ser regenerado con una nueva producción teatral que mejore la dramatización anterior. Las tradiciones populares de los pueblos que han desaparecido pueden ser recuperables, de ahí mi pregunta en el título del artículo con respecto al Sacrificio de Isaac, pero referida a todo "El Paso": ¿perdida para siempre?


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