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El Nazareno de Santa Cruz- Córdoba de Antonio Albornoz Zejalbo (1936-2026)

30.03.26 - Escrito por: Salvador Guzmán Moral

Bajo el peso de un madero que es, al mismo tiempo, castigo y abrazo, Nuestro Padre Jesús Nazareno de Santa Cruz ha cumplido noventa años, y de ellos quince lustros custodiando el alma de esta barriada cordobesa.

La talla, nacida de la gubia de Antonio Albornoz Zejalbo en su taller de Cabra, llegó en un tiempo de sombras para convertirse en la luz que nunca se apaga en la Campiña cordobesa. El imaginero egabrense no solo trabajó la madera; esculpió el silencio, la mansedumbre y esa soledad compartida que cada año, al llegar la primavera, recorre las calles como un río de devoción antigua.

La génesis de esta imagen está ligada a la tragedia y al resurgimiento. Tras la destrucción del patrimonio de la cofradía nazarena de Castro del Río en los albores de la Guerra Civil, la hermandad castreña se reorganizó en 1937 bendiciendo este nuevo Nazareno obra de Albornoz Zejalbo (1936).

Antonio Albornoz Zejalbo, nació en Cabra en 1901. Curso estudios en el histórico Instituto de Aguilar y Eslava y sus aficiones artísticas despertaron estudiando las carreras de Filosofía y Letras a la par que Derecho en la Universidad de Sevilla. Desde su juventud manifestó una marcada personalidad creativa y artística, que se hacía patente en numerosos diseños y creaciones de elementos decorativos y populares como las cruces de mayo que fabricaba con sencillos materiales, que daban la sensación de hierro forjado, o sus soldados romanos de las procesiones de Semana Santa, con un diseño más próximo a la indumentaria militar romana histórica que los que hasta entonces desfilaban.

En el campo de la pintura realizó numerosas copias de cuadros religiosos entre los que destaca el realizado de la Virgen del Perpetuo Socorro para la Parroquia Santo Domingo de Guzmán de Cabra.

De su producción imaginera sobresale el grupo escultórico del Descendimiento de Cabra (1930), compuesto por ocho figuras y que solamente se procesionaria en la Semana Santa del año 1935, una Virgen titulada de los Mártires, un Crucifijo, el trono de la Hermandad egabrense del Sepulcro, y el Nazareno de Santa Cruz en Córdoba.

La singular historia de este artista comprometido con la Semana Santa y que fue Hermano Mayor de la cofradía de Jesús Nazareno y Santo Sepulcro de Cabra durante muchos años se truncó por su temprana muerte en 1937 en el frente de Lopera en Jaén, donde participaba como alférez provisional de las tropas nacionales en la terrible contienda civil española. El Nazareno de Santa Cruz queda, así como el testamento mudo de un imaginero que esculpió el dolor poco antes de encontrarlo en las trincheras.

Aquella obra de Albornoz Zejalbo, sufragada por suscripción popular por un valor de cinco mil pesetas, junto a la primera Dolorosa de Martínez Cerrillo (que costó 1.150 pesetas), protagonizó el renacer cofrade; sin embargo, el destino guardaba un nuevo capítulo para estas imágenes cuando, en la década de los cincuenta, la hermandad de Castro decidió encargar un nuevo grupo escultórico al imaginero sevillano Antonio Castillo Lastrucci.

Y la providencia tomó forma de carta. El 7 de octubre de 1952, el presbítero Juan Bravo Carpio, ante la "pobreza absoluta" de la parroquia de Santa Cruz (entonces pedanía de Montilla), solicitó formalmente la donación de aquellas tallas que aguardaban sin destino en el Hospital de Jesús Nazareno de Castro. Gracias a aquel gesto de generosidad y a la mediación del párroco, el Nazareno, la Virgen de los Dolores y San Juan Evangelista encontraron un nuevo hogar y un nuevo pueblo que los hizo suyos para siempre.

El Nazareno de Santa Cruz quizás sea la obra más característica de Albornoz, en tanto que es la única imagen que actualmente se procesiona de este escultor y también la última de su corta producción imaginera. Se trata de una imagen de vestir en madera policromada que representa a Jesús con la cruz a cuestas camino del Calvario. Porta el madero sobre el hombro izquierdo y con ambas manos se coge al travesaño por su parte inferior, presentando ojos de cristal y corona de espinas naturales. La imagen se encuentra firmada en una de las piernas, donde se puede leer: "A.ALBORNOZ, Cabra MCIXXXVI "

Antonio Albornoz supo imprimir en esta efigie del Nazareno de Santa Cruz una unción sagrada que trasciende lo artístico, logrando que las manos que se aferran al madero parezcan acariciar las penas de quienes lo contemplan. Durante casi un siglo, el Nazareno ha sido el confidente de generaciones, primero de castreños y después de santacruceños, el testigo mudo de bautizos, duelos y esperanzas, cobijado siempre bajo el manto protector de la Hermandad de la Virgen de los Dolores.

Sin embargo, la historia de una devoción es también la historia de su cuidado, y el paso de las décadas deja huellas que van más allá de lo espiritual. Por ello, es imposible entender estos noventa años sin detenerse en la trascendental labor de recuperación patrimonial cofrade que devolvió a la imagen su esplendor original.

Fue en 1992, bajo el impulso decidido del recordado sacerdote Pablo Moyano Llamas, cuando se inició un ambicioso proyecto de restauración que rescató al Nazareno del desgaste del tiempo. Aquella intervención, que supuso el punto de partida para la puesta en valor de todo el patrimonio de la Hermandad de la Virgen de los Dolores, permitió redescubrir los matices de la policromía de Albornoz, la fuerza de sus manos y esa mirada baja que, limpia de barnices oxidados, volvió a conectar con el alma del devoto con la misma intensidad que en 1936.

En este 2026, al volver la vista atrás, se descubre que esos noventa años no han sido solo el paso del tiempo, sino la construcción de una identidad colectiva que se renueva en cada chicotá y en cada rezo susurrado al paso del Señor. Celebrar este aniversario es, por tanto, celebrar un acto de resistencia cultural y espiritual.

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