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Gestionar las emociones. Gestionar la tristeza
11.04.26 - Escrito por: Mafalda
Amigo, ya no podrás leer este artículo. Ya no podré saborear tus sabias y reconfortantes palabras. Ni podré dialogar contigo de lo divino y de lo humano. Ni podré contarte mis más íntimos secretos. Ni podré abrazarte. Ni escuchar esas bellas melodías que conseguías al acariciar las teclas de tu piano. Ni pasear contigo elaborando y recitando poesía. Ni compartir momentos rebosantes de paz.
De ti aprendí a gozar del silencio, a entender el significado de la palabra ternura. Viví momentos inolvidables a la luz de tu mirada serena y profunda.
Te marchaste súbitamente y la tristeza se quedó de compañera.
En muchas ocasiones, la tristeza se presenta sin avisar e inunda todo nuestro ser. Esto ocurre cuando de forma inesperada una persona a la que amamos mucho (amar, que no querer, pues tiene una dimensión más profunda), se va de nuestro lado. Es inevitable que la tristeza irrumpa en nuestra vida y provoque un desajuste emocional directamente proporcional al cariño o al amor que le tenías a esa persona. No importa la edad. No importa el tiempo que lleves conociéndola, ni siquiera la cantidad de momentos que has pasado a su lado. Lo verdaderamente importante es lo que te unía a esa persona. Esa relación que te acariciaba el corazón.
En lo que se refiere a las relaciones humanas, suceden cosas inexplicables: hay personas que llevan a nuestro lado toda la vida y no conectas con ellas. Es más, pasan desapercibidas. En cambio, con otras tienes una especie de flechazo. De forma, que en cuanto las conoces permanecen en tu vida para siempre. Conectas con ellas mediante la palabra, el silencio o con solo una mirada. Esas personas con las que se te empapa el alma. Como decía el escritor Julio Cortázar, "Me basta mirarte para saber que con vos me voy a empapar el alma"
Y ¿qué ocurre cuando esas personas se van de este mundo, que no de tu vida, en la que siguen permaneciendo? Lo peor no es el día que se van, sino el inexorable paso del tiempo que te recuerda su perdida, que te llena de ese vacío inmenso que experimentas. Nada ni nadie puede apaciguar el dolor.
La tristeza y el dolor se instalan en tu vida y requieren de un complejo proceso para que desaparezcan. Hay que aprender a vivir sin esa persona, hay que aprender a vivir con esa ausencia, con esa tristeza, y hacer que afecte lo menos posible a nuestra vida. Es lo que ahora desde un punto de vista psicológico se denomina gestionar. Gestionar esa tristeza inherente a la perdida. Gestionar el dolor. Gestionar cómo seguir adelante sin que el alma se te caiga al suelo.
Todo este proceso de gestión emocional requiere su tiempo y es este último el que se encarga de rescatarnos de ese abismo profundo en el que nos encontramos y el que impide que sucumbamos.
Ante esta tristeza sobrevenida de golpe tenemos que actuar con serenidad y buscar un abrazo en el que cobijarnos mientras dure esa soledad del alma. Porque nadie nos enseña a lidiar con la tristeza ni a soportar las ausencias. Nadie nos prepara para que la angustia no se apodere de nosotros.
Como maestra que soy, todo esto me hace pensar en la necesidad de enseñar a nuestro alumnado a ser conscientes de sus emociones y a que aprendan a canalizarlas. Debemos encaminarlos en el aprendizaje de la conciencia emocional, de la autonomía emocional y de la gestión emocional, aspectos importantes del ser humano que requieren de una dedicación especial desde pequeños para que la persona adulta tenga equilibrio y bienestar emocional. Debemos enseñarles que la tristeza es una emoción que tenemos que sentir, que debemos permitirnos sentir y que no nos podemos empeñar en ocultarla ni en reprimirla.
A mí no me enseñaron a batallar con la tristeza ni a soportar las ausencias. Solo me inculcaron que las personas que se iban de este mundo pasaban a un mundo mejor, y que se convertían en una especie de ángeles que velaban por nosotros. Por supuesto, recordando todo lo bueno de esas personas a las que ensalzaban e idealizaban de alguna manera.
Mas no es eso lo que deseo sentir. Quiero recordar a mi amigo con sus luces y con sus sombras, con su mal carácter y con su ternura. Y desde luego, necesito sentir ese dolor que ahora me oprime para más tarde gestionar esa tristeza y salir airosa de estos tristes momentos. Preciso abrazar la tristeza, sentir tu ausencia y derramar lágrimas. Ahora toca escuchar este silencio que duele.
Hasta que pueda sentir de nuevo la alegría de los entrañables momentos vividos, la gratitud por la persona con la que tuve la suerte de compartir instantes de eternidad.
Hasta que pueda sentirte de otra manera, querido amigo, la tristeza se ha apoderado de mí y no sé gestionarla.
No me digáis que me anime. No me digáis que me alegre porque él está ya mejor. Todo eso en estos momentos me es ajeno porque la perdida duele. Necesito llorar y estar triste porque mi amigo del alma se fue, como él quería, arropado por el silencio y la paz de la noche.
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