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Si no fuera porque llueve…
18.01.12 - Escrito por: Araceli Granados Sancho
¡Qué despertares tenemos! La EPA –eso que nos dice cuántos estamos en casa–, la tasa Tobin o impuesto a las transacciones financieras, la posible subida de impuestos –“que no los voy a subir, pero que nada dura para siempre”, dice Rajoy–, la indignación de los padres de Marta del Castillo –la de todos que, como humanos, tengamos conciencia moral– y una retahíla de noticias que se suman a estas –y que no recuerdo porque mi cerebro tiene un filtro que, llegado un determinado nivel de negatividad, desprecia el resto de la información para no tener que pagar un psiquiatra–, se repiten como eterno retorno.
Me he sentado a desayunar esta mañana de martes, pero, con tanta noticia desfavorable, mi espíritu bien predispuesto no lograba encontrar una buena razón para tomar energía y dinamismo, hasta que he oído un traqueteo que venía del patio, resultante del choque de las gotas de agua con el tejado de los vecinos de abajo: estaba lloviendo ¡Que alivio! Parece maravilloso que en esto no puedan meter la mano nuestros políticos, ni nosotros mismos. He recordado lo que decía Kant al respecto, algo así como: hay algo que me llena de admiración y respeto, el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mi pecho. Sobre la segunda parte, tal vez era demasiado optimista, pero qué razón tenía sobre la primera: se estrella el cielo diariamente sin la intervención del hombre, y llueve todavía sin directrices de nuestra voluntad.
Mi madre, consciente de esta arbitrariedad natural, estaba ayer muy contenta con lo poco que había caído en Cabra. Me dijo que ya hacía mucha falta, porque en los últimos dos meses había llovido muy poco. Además, le resultaba molesto eso de que no había que preocuparse todavía, porque quedaba la primavera para reparar el déficit del invierno. Ya saben que nunca llueve a gusto de todos…
Aquí donde escribo es como un milagro, sobre todo que caiga suave y con tranquilidad, porque llueve siempre de forma torrencial, con tormentas, cuando no cae granizo y otros agentes de daño. Por eso no tenemos ríos, sino ramblas, que, vacías todo el año, discurren por los pueblos como si fueran venas sin sangre. Los agricultores han convertido esta tierra en el paraíso terrenal con astucia y habilidad, necesario es decirlo. Los medios de comunicación tratan también esta noticia bañándola en el pesimismo que está instalado en todos nosotros. Ni llover puede, porque habrá más accidentes de tráfico, o no podremos salir sin dificultades a la calle, o pintar la fachada de la casa…
Pero hay mucha gente con sentido común, como mi madre o Mateo Olaya, que bien que se han alegrado del bendito líquido que nos da la vida, como dijo Tales de Mileto, allá por el siglo VI a. C.
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