|
|
|
|
|
Llega Septiembre, al fin
23.08.2008 | José M. Jiménez Migueles
Llega septiembre. Y con él la savia nueva del egabrensismo. Por vez primera, muchos jóvenes se suben a las carrozas que siempre han visto desde la acera, muchos apuran las horas de feria aguantando hasta el tope horario que han puesto en su casa. Son ellos, jóvenes de 13, 14 o 15 años los que poco a poco van dibujando todo un óleo de formas que, con el paso de los meses, se convertirán en la rutina de nuestro pueblo. Siempre en la calle, a uno le da la sensación que conoce a muy poca gente cuando pasea por la plaza, o en el paseo, o en los pubs de la noche. Son cada vez más jóvenes los que toman nuestras calles, los que acompañan nuestros pasos, los que conviven con nosotros, en definitiva.
Y septiembre es la explosión. Fajín rojo y camisa blanca, con cualquier vaquero. Esa es la seña de identidad que a todos iguala los días 4 y 5 de septiembre, cuando un carrusel de carrozas culmine el tradicional desfile del primer gran día de feria. Ellos son la base de nuestro futuro y, como tal, deben de comenzar a conocer lo genuino de nuestra tierra en algo que de verdad les hace disfrutar, la Feria de Septiembre.
|
|
|
|
|
|
|
|
40 segundos
18.08.2008 | Eduardo Luna Arroyo
Reconozco que ese tipo no me gustaba, una de aquellas noches en las que bajé a Epopeya, Freddy Scout, un viejo conocido de esa cárcel iluminada a oscuras bajo tierra como es nuestra estación vital, estaba cenando el postre que habían dejado en la basura los dueños del Hotel Santana mientras contaba, como si de una historia de terror se tratase las malas artes de Richard Hyde. Este individuo llegó a la ciudad empujado por los guardias de seguridad de la última guardería de niños ricos que había al otro lado del puente, después de haberle contado a un de aquellas niñas, Jessie, un cuento para no dormir con la mano entre sus piernas. Estaba acusado de destrozar la dulce vida de niñas y niños amparado en las manos de un maldito abogado que defendía sin escrúpulos a este ser mundano y cruel. Me senté en un banco de Epopeya a esperar el metro que nunca llegaría y comencé a leer la prensa de la semana anterior, porque esta sólo había traído malas y decepcionantes noticias, entre ellas que Greta Brown instó de nuevo a sus jueces para que cerraran el dulce hogar de los nuestros. Entusiasmado con las viñetas, noté como alguien se sentaba a mi lado, no pegado a mí, pero si a mi lado. Volví la mirada y vi los ojos del placer incontrolado, era Hyde y estaba conmigo, sin respiración seguí leyendo y a los diez segundos comenzó a cantar una nana con una voz que helaba la sangre, “ya está encerrada, la niña está encerrada, sólo quedan 40 minutos, 40 minutos, 40 minutos…..”
|
|
|
|
|
|
|
|
Tonos grises sobre azul (un caso más).
01.08.2008 | Eduardo Luna Arroyo
A través de la lente sucia de sus gafas de lejos, Roxanne, soñaba con los ojos abiertos un nuevo despertar después de la última sobredosis que la condenó al suicidio cerebral. Los titulares de aquel fatídico miércoles en todos los diarios, anunciaban la necrológica de una mujer viva abrazada en la cama del mejor hotel de cinco estrellas para ella, el hospital Saint Vincent. Roxanne era una chica call de 22 años desamparados de vida, absorbidos por el absurdo cuento de hadas de las drogas, la prostitución y el alcohol de las calles de la ciudad más negra. Recuerdo verla subirse a coches de lujo a altas horas de la mañana y volver de madrugada cuando el olor nauseabundo de los hombres y mujeres que la contrataban corría levemente por sus hombros sin despojarse el abrigo de 3000 dólares que le había regalado el jefe del mayor grupo de comunicación de la metrópoli, Leonard Simpson. Todos hablaban de ella, incluso su madre ciega de corazón, preguntaba en la calle si alguien había visto alguna vez el color dulce de su hija que nunca volvió a casa después de comerse el último pastel del día de navidad. Roxanne, después de jugar y arriesgar su identidad caía sin control en el oscuro abismo de la corrupción del alma y la inconsciencia. En esos días salió a la luz una noticia que todos esperábamos en la ciudad, Simpson, estaba metido hasta la cejas en el manantial del tráfico de armas, drogas y corrupción política. Los diarios ardían en las manos de la gente, todos esperaban que ese tipo desalmado y sin escrúpulos, cayera sin paracaídas desde su metro noventa de altura a los tacones de la justicia.
|
|
|
|
|
|
|
|
Un presidente para la Agrupación
17.07.2008 | Felipe Osuna Manjón-Cabeza
A partir del viernes correrán nuevos tiempos para la Agrupación General de Hermandades y Cofradías de Cabra. De nuevo, un hombre se pondrá al frente de una de las instituciones más complicadas de la localidad, en su papel primordial como árbitro de Cofradías al no haberse presentado ninguna candidata. Al igual que indicara Antonio Ramón Jiménez, en su artículo aparecido días atrás en Arimatea, haré hincapié en las siguientes líneas sobre la idea primordial que debe regir el próximo Cabildo de Elecciones: la Agrupación no es una Cofradía. A la hora de elegir la futura Junta de Gobierno los hermanos mayores o sus representantes deberían basarse más en el programa que proponen los candidatos que en otras menudencias absurdas que no llevan a nada positivo y que van encauzadas a buscar polémica gratuita, que desde luego podría haber estado servida si alguno de los candidatos se hubiera despistado en los días pasados. Por suerte no ha ocurrido
Para redactar la información que hoy hemos ofrecido en nuestra cabecera ha sido necesario proceder a la lectura minuciosa de las propuestas de ambas candidaturas, que contienen apuntes para todos los gustos. Evidentemente me he quedado a título personal con una. En su contenido se aportan las líneas fundamentales que debe seguir un organismo que goza de más de 6 décadas de trayectoria en nuestra localidad, pero sobretodo se reconoce la idea fundamental sobre la que se cimenta la Agrupación: el consenso entre las Hermandades como parte fundamental de la Iglesia.
|
|
|
|
|
|
|
|
De rosa palo
07.07.2008 | Eduardo Luna Arroyo
El odio quiso invitarme a jugar una partida de mus, pero preferí escribirle versos a la luna menguante y mofarme de las agujas del reloj que me increpaban y perturbaban el placer de una mirada al presente con desprecio al pasado. Las campanas del reloj de la Plaza Black´s Angels sonaban al mismo ritmo que caían los trozos de hielo en un whisky añejo del 95. Faltaban horas para salir camino del aeropuerto pero el destino me deparaba una noche llena de rosa y añil, de caramelo ácido y cigarrillos de épocas pasadas. En Old Queen, un pub sólo apto para viajeros sin destino, se mascaba algo distinto, Sara, Jim, Anthony, John, los ricos de la calle 46 que daban dos vueltas a la ciudad antes de engañar a sus parejas para que todo el mundo supiera que ser rico no es ser feliz. Harry, me envío una nota con un chico, un inmigrante español que había contratado meses antes, dónde ponía, -maldito seas, ya no quieres saber nada de tu gente-. Con una sonrisa y un brindis a través del cristal, Harry me perdonó, al menos por unos minutos. Pero llegó el momento, Bárbara, una antigua concejal del partido conservador y contraria a todas las políticas sociales que tuvieran que ver con el amor entró a aquel pub, de sentencias nocturnas, con Jane, otra antigua concejal pero en este caso del partido comunista independiente (otro raro invento para vivir de los impuestos de los pobres ciudadanos).
|
|
|
|
|
|
|
|
HUESOS
22.06.2008 | Eduardo Luna Arroyo
Cuando la conocí tenía los cabellos dorados al igual que el oro que robamos a los aztecas. Su sonrisa penetraba de manera suave por mi retina y el sabor de mis labios al verla era como un cuando te tomas un café con mucha azúcar. La noche no tenía rasgos positivos ni presagios alentadores. Después de la trepidante aventura de Íman, no tenía el alma para más sobresaltos. Encendí un cigarrillo con el calor de unos labios sedientos de paz. Sólo habían pasado días tras aquella aventura sinfín en las sucias calles del Golden Pub.
Mientras se consumía el cigarro, bajé de una manera relajante las escaleras de mi dulce hogar de historias incompletas. Noté algo raro en las paredes y un murmullo destrozaba al silencio de lo que se avecinaba. Los ciudadanos de la estación del metro pegaban en las paredes fotos de una joven que había desaparecido, aunque vivía con sus padres en la segunda planta de una casa perfecta. La reconocí al instante. Era ella, la princesa de cabellos dorados y mirada de azúcar, la vecina de una antigua mujer que se casó conmigo y luego firmó el divorcio con mi abogado. Andrew Stanley, una promesa en el mundo político de la ciudad y una aspirante al título de presidenta de su partido. Pero por qué los carteles?, por qué su búsqueda?, que ocurría en Epopeya?.
|
|
|
|
|
|
|
|
Desacelerar sin freno
19.06.2008 | Felipe Osuna Manjón-Cabeza
Recuerdo ese mes de junio de hace ahora 14 años, finalizaba un curso escolar en el que mi vida daría un giro brusco. Había consumado los estudios de la EGB y estaba a punto de matricularme en el Instituto -entonces de bachillerato- Aguilar y Eslava. Mi padre, orgulloso de que hubiera preferido seguir estudiando, decidió regalarme una bicicleta de montaña en color verde, ya que la que hasta entonces utilizaba (y todavía conservo) no daba más de sí. Tenía un solo piñón y una corona además, la tija que soportaba el sillín se había torcido de tanto elevarla cada vez que crecía unos centímetros. Fueron unos años felices donde la inocencia de un niño que acababa de dejar la escuela no estaba al tanto de la crisis que venía arrastrando el país desde 1993. Aún así observaba extrañado las dificultades que atravesaban las familias de algunos de mis compañeros para comprar ropa y conseguir libros de texto, de segunda mano, para que pudieran estudiar sus hijos. En mis recuerdos todavía guardo aquellos comentarios que recriminaban al último gobierno de Felipe González ”así no se puede vivir”.
Eran tiempos en los que Luis Roldán emprendíó la fuga y nuestro ídolo vestía de amarillo durante el mes de julio. En esos días calurosos y de fuerte sequía, los españoles nos quedábamos embobados frente al televisor observando, con satisfacción, como aquel Navarro de gran estatura y poca expresión subía las cuestas más escarpadas de las cordilleras alpina y pirenáica. El Tourmalet era símbolo de espectáculo y en casa, mi padre y yo no consentíamos que se cambiara de cadena mientras mis hermanas, mi madre y mi abuela se aburrían con el deambular del pelotón. Alguna vez hacían el amago de darle al botoncito, lo que suponía una bronca justificable al coincidir con el inicio de algún ataque, en los momentos clave de la etapa.
|
|
|
|
|
|
|
|
Z (Iman capítulo 2)
07.06.2008 | Eduardo Luna Arroyo
…su sombra?, como que su sombra?. La voz de aquel individuo sonó como el fin de un abecedario sin antes haberlo comenzado y esquivando su fácil complejidad con la luz cómplice de la entrada del apartamento. Al bajar las escaleras con el pijama de la desolación y el entusiasmo a la misma vez, observé como al trasluz una pierna ensangrentada intentaba apoyarse en el suelo para levantar el templo de lo misterioso. ¡!!Iman!!!, ¡!!Iman!!!, al igual que el humo de un puro lleno de alquitrán, oí su voz en la sospecha de mis oídos.- Ayúdame, me han disparado y me han robado lo más importante para mí, el orgullo-. Las palabras doloridas de Iman, crearon en mi mente una serie de secuencias vividas hace tan sólo unas horas y por un momento convertidas en fugaces besos de noche y suburbio. Llamé a una ambulancia pero perdieron la dirección por el camino y la memoria del que sufre bajo el yugo de un día triste lleno de felicidad. Iman me confesó entre lágrimas que habían sido los matones de Scott pero reconoció al que conducía. Era el antiguo chofer de Greta Brown que ahora trabajaba para Scott sólo por las noches, de día vendía perchas en una tienda de alimentación. Ella no lograba entender lo sucedido, ni yo, reconozco, tampoco. La situación límite y la sangre, mucha sangre escaleras abajo, convirtieron a la bestia en una fiera indomable, mientras el dolor la consolaba, el coraje la ensalzaba en la cama. Me besó y se fue con una herida de bala en la pierna derecha y los pantalones de cuero ardiendo de placer, porque aquella noche su abecedario estaba escrito y acababa en Z. El reloj de una sola aguja que tenía en la cocina, marcaba las 4. Ni un solo ruido, vacío, escalofríos, miedo de ventanas para adentro y ni un solo ruido. Pasaban los minutos y no se escuchaba nada, me quede dormido y pensé dentro de unas horas el negro dará paso al gris. Tras divagar y dudar con el insomnio, baje corriendo hasta la entrada de Epopeya.
|
|
|
|
|
|
|
|
IMÁN
21.05.2008 | Eduardo Luna Arroyo
Imán se despertaba arrodillada desafiando al sol y desnuda, siempre desnuda, para que hasta el mismísimo aire le hiciera el amor por la espalda en un arrebato de locura. Esa mujer, querido lector, era más que un arma de matar, si por matar amar quisiera, era, el pulso de un revolver del 45 cargado hasta los dientes. Me perseguía con sus ojos de mujer cruel y salvaje al mismo tiempo, hacía temblar mis cimientos y rodaba con su lenguaje extremo por mi sangre helada por el frío del invierno. Jamás pensé que podía encontrar un personaje tan sabroso como ella. Tenía a sus espaldas un tatuaje de dragón y una biografía escalofriante. Imán, cubría con su pelo las largas noches de decadencia de muchos indigentes, asesinos, chantajistas, ricos (triste ser), mafiosos. Imán ajustaba cuentas a su manera. Te ejecutaba antes de preguntar, no tenía sueldo ni pensión, no tenía casa, ni su propio cuerpo le pertenecía, era algo espectacular. En un encuentro clandestino en un local de Street Angels, quede con ella para que enjuagara sus labios en mis crónicas y resultó ser una orgía de silencios abrumadores. Imán no hablaba, sólo miraba, gesticulaba, me hacía sentir ridículo. Cansado de cuestionar y amenizar el silencio con un trago de whisky, cerré mi sesión y me levanté de aquel sucio sillón alemán que olía a sangre y a dólares. Entonces ella, se dirigió a mi con una mirada que me transportó a otro lugar, a un mundo insospechado y me dijo: ¿Dónde vas, estúpido?. Necesito saciar mis ansias para hablar con un tipo como tú. De repente, pensé que era un monolito de piedra perseguido por un ejército de labios sedientos de fuego.
|
|
|
|
|
|
|
|
Diosas
06.05.2008 | Eduardo Luna Arroyo
Al mirarme al espejo de la vida, la mañana sobrecogió mi pecho y los recuerdos envolvían mi rostro desfilando ante mi el placer de soñarte, de abrazarte, de sentirte entre mis brazos, de saborear tus lágrimas con un beso, de amarte más que amar queriéndote, de hacerte el rumbo indisoluble de nuestra existencia, de tenerte sin reservas, de no hipotecar mi amor, de decirte mil veces amada mía hasta en el temor de la tristeza. Como un resplandor que aparece en los ojos de un ciego, quisiera verte ahora y no esperarte, quisiera volar abrazado a ti y no soltarnos ni un solo segundo, quiero imaginar e imaginando pienso lo que pide mi corazón en una conferencia diaria, como una luz, como mi luz. Me estorba el horizonte para pensar en tus ojos, en tu boca, en tu sonrisa, en un balbuceo que hará explotar mis sentidos, me estorba hasta el aire de este sur sumergido en siglos, me quieres ya amor? Miró mis manos y el despertar de la vida escribe páginas de un romance de dioses. Yo aquí fuera y tu dentro esperando la señal que te traiga hasta nosotros, tu una diosa y yo tu trovador de a diario, yo a tus pies, tu a recitar poesía de corazones habitados con tus labios de seda. De la corte serás portadora del cetro real, serás brújula de un destino que está por escribir, serás la Diosa que vive en una Diosa.
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|